Alan García: un político que conoció la victoria y el ocaso

La República
18 Apr. 2019 | 04:26h

El expresidente Alan García inició en la política de la mano de Víctor Raúl Haya de la Torre. Fue electo presidente dos veces (1985 y 2006) y padeció un amplio rechazo popular. Las investigaciones por corrupción marcaron su vida. 

El año 2001, luego de volver de su autoexilio, Alan García dio el que –quizás– ha sido su discurso más recordado, en una Plaza San Martín repleta de gente. Esa noche del 27 de enero habló de la muerte. Dijo: “Perdono a todos los que me gritan, perdono a todos los que me injuriaron,  perdono a todos los que me dejaron, los perdono en nombre  del Perú. No sé a dónde me conduzca la vida, no sé si me lleve a la muerte, pero aquí estoy entregando todo lo que soy otra vez  al servicio de la patria”.

Todo ese discurso ahora suena premonitorio.

Los que lo conocieron de cerca y compartieron con él partido y campañas lo definen, pidiendo prestada la expresión de Aristóteles, como un “animal político”.

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Una manera de definir a alguien a quien la vida política le consumía sus esfuerzos diarios.

García vivía por la política, para bien o para mal.

No se puede obviar su relevancia histórica. Fue dos veces presidente en elecciones libres. El pueblo lo puso ahí. Más complicado es cuando se trata de evaluar su legado.

Alan García, el presidente joven

Lo que los apristas le reconocen a García es que fue el único que pudo llevar al APRA al gobierno,  algo que no pudo conseguir Víctor Raúl Haya de la Torre.

Precisamente, junto a Haya fue la primera aparición importante de García en público, cuando el fundador del APRA inauguró su campaña hacia la Asamblea Constituyente.

Carlos Reyna, en su libro La anunciación de Fujimori, lo recuerda así: “Ocurrió en un mitin en la Plaza San Martín de Lima. García, entonces de 29 años, era el orador escogido que antecedería a Haya. Fue toda una revelación”. 

Su ascenso resultó imparable. Fue elegido miembro de la Constituyente y a los 33 alcanzó la secretaría general del Apra. Y el 14 de abril de 1985 fue electo por primera vez presidente. Contaba con 35 años.

Ese ha sido uno de los periodos más difíciles de la historia republicana, marcado por la hiperinflación y un terrorismo que no daba tregua.

De entonces queda el trágico recuerdo de la matanza en los penales, caso que sigue abierto aunque ya cerrado para él. Otro punto de quiebre fue cuando intentó estatizar la banca.

El recuerdo que dejó de esa presidencia fue muy malo. Ya fuera del poder, se le abrió una investigación por enriquecimiento ilícito por su supuesta participación en el escándalo del Banco de Crédito y Comercio Internacional (BCCI), la compra y venta de los aviones Mirage 2000 y desbalance patrimonial.

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El 2 de junio de 1992, dos meses después del autogolpe perpetrado por Alberto Fujimori, pidió asilo político a Colombia y luego viajó a Francia.

Ya con la prescripción asegurada, volvió al Perú en el 2001. Una de las primeras cosas que hizo en Lima luego de su prolongada ausencia fue visitar la tumba de su padre, Carlos García Ronceros, aprista desde 1930 y a quien no conoció sino hasta que cumplió los cuatro años de edad.

Postuló a la presidencia del Perú y, contrario a lo que muchos podían suponer, alcanzó la segunda vuelta, instancia en la que fue derrotado por Alejandro Toledo.

Para el 2006 volvió a ser candidato presidencial. De nuevo, pasó a la segunda vuelta y compitió contra Ollanta Humala, a quien derrotó acusándolo de “chavista” y asegurando que no volvería a cometer los gruesos errores de su primer mandato.

En ese segundo gobierno, García tuvo una gran ventaja: los precios de los metales subieron a niveles históricos y, por eso, la economía nacional pudo crecer a picos realmente notables, salvo en el año 2009 debido a la crisis internacional. Pero de ese gobierno también son el escándalo de los petroaudios y la matanza de Bagua.

Los apristas siempre han reivindicado que en ese periodo se redujo la pobreza. Es justo decir que, en comparación con el descalabro de los ochenta, esta segunda oportunidad que los ciudadanos peruanos le ofrecieron fue mejor aprovechada. Las evaluaciones que han hecho analistas independientes coinciden, en su mayoría, en que fue una gestión, en el mejor de los casos, mediana.

El gran fracaso de Alan García

Entre el 2011 y el 2016, García fue un opositor al régimen de Humala. Fue investigado en el Congreso por la megacomisión, que sacó a la luz los llamados “narcoindultos” y, por cierto, detectó indicios de desbalance patrimonial en Luis Nava, el ex secretario general de la presidencia y que está acusado de haber recibido más de cuatro millones de dólares de la caja 2 de Odebrecht.

En el 2016, postuló por cuarta y última vez a la presidencia, en fórmula con Lourdes Flores Nano, del Partido Popular Cristiano. El resultado fue un fracaso estrepitoso, porque no alcanzó ni el 5% de los votos.

Frente a ello, García emitió un comunicado en el que daba a entender que daría un paso al costado de la política y del propio partido para alentar su renovación con la aparición de nuevos líderes.

Lo cierto es que nunca se  desligó de Alfonso Ugarte. Seguía conduciendo las reuniones de carácter político y los principales dirigentes de la agrupación lo seguían considerando su líder máximo.

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Entre sus idas y vueltas de Madrid (se fue a residir a España aunque viajaba con frecuencia a Lima), un hecho fundamental cambió entonces su vida: el 21 de diciembre del 2016, Marcelo Odebrecht confesó que su empresa pagó 29 millones de dólares en sobornos a altos funcionarios peruanos para adjudicarse obras públicas entre los años 2005 y 2014. Esos años comprenden los regímenes de Toledo, García y Humala.

En medio de las investigaciones que involucraban a exfuncionarios de su gobierno (como el exviceministro Jorge Cuba), García volvió desde España el 15 de noviembre del 2018 para ser interrogado por el financiamiento irregular de Odebrecht a sus campañas electorales. La diligencia no se llevó a cabo y, en cambio, dos días después, el 17, se ordenó su impedimento de salida del país.

Ese mismo día dijo que para él no era ningún “castigo” quedarse en su país. Esa misma noche ingresó a la embajada de Uruguay en Lima para solicitar asilo, denunciando una inexistente persecución en su contra.  El 3 de diciembre, el pedido fue negado por el gobierno de Tabaré Vázquez y García tuvo que regresar a su casa.

Las recientes revelaciones de los pagos a Nava lo terminaron de poner contra las cuerdas. Se rumoreó en los días previos que en cualquier momento el Ministerio Público haría efectiva la orden de detención preliminar en su contra. Así ocurrió. Nunca se llegó a ejecutar. Una bala disparada a su cabeza por su propia mano lo impidió.

El velorio de sus restos es en la Casa del Pueblo, en la avenida Alfonso Ugarte. En privado y solo para acceso de familiares y compañeros militantes.

Un político resistido, que alcanzó el poder y conoció, también, de un amplio rechazo popular. Su partido, el más histórico del país, tendrá ahora que aprender a caminar sin él. No aparece en el horizonte un relevo.