El suicidio del expresidente Alan García

Augusto Álvarez Rodrich.
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Merece compasión y respeto, sin parar lucha anticorrupción.

Toda muerte produce dolor y, especialmente en el caso de un suicidio, como el que cometió ayer el dos veces presidente del Perú, Alan García Pérez, se debe observar con todo respeto, compasión y comprensión.

Sus dos gobiernos (1985-1990 y 2006-2011) fueron controversiales y cuestionados, el primero por producir un gran colapso nacional, mientras que en el segundo mostró mejor capacidad de manejo de la economía, pero sin estar exento de crítica por la transparencia y honestidad de las decisiones.

Para alguien que vivió siempre en el protagonismo político, como presidente o fuera del gobierno, meterse un tiro en la cabeza, justo antes de ser detenido, en el contexto de las investigaciones de corrupción que se le seguían, es una tragedia que lo coloca en el foco de la atención hasta el final de su vida.

Toda muerte, como la del expresidente García, es, así, una tragedia que no puede alegrar a nadie ni debe ser aprovechada políticamente, ni por sus críticos ni, como lamentablemente está sucediendo, por sus defensores.

Alan García no es el primer expresidente o político peruano en ser investigado o detenido, ni será el último. Alberto Fujimori cumple condena de 25 años; su hija Keiko está en prisión preventiva por 36 meses; Ollanta Humala y su esposa estuvieron presos casi un año; Pedro Pablo Kuczynski está ahora en detención preliminar y el fiscal ha pedido 36 meses; y Alejandro Toledo está en proceso de extradición.

Pero García tomó la decisión de quitarse la vida en ese trance. Será que las acusaciones estaban ya muy cerca o dificultad de encarar la verdad. Una persona se suicida por una decisión personalísima en una circunstancia extrema de la cual solo ella es responsable. 

Por ello, culpar del suicidio del expresidente García –como lo están haciendo algunos miembros de su partido– al gobierno y, especialmente, a los fiscales y periodistas que lo investigaban, no solo es una grave equivocación sino una gran irresponsabilidad.

El respeto y compasión por alguien que se suicida no puede ser excusa para desmontar la lucha anticorrupción ni los procesos a varios políticos, pues robarle al país desde el poder también es una forma de matar, cada día, a la nación y a sus ciudadanos.