Las dos orillas del Titicaca

Daniel Parodi
h

Por: Daniel Parodi Revoredo

Me encontraba departiendo en un café sanisidrino con un colega historiador y de pronto apareció otro, Gustavo Rodríguez Ostria, a la sazón embajador de Bolivia en el Perú. Tras concluir su rendez-vous, se sumó a nuestra mesa y nos regaló, en poco más de una hora, una apasionante revisión de la historia sociopolítica boliviana del siglo XX, relato que remeció el mío sobre el Perú. 

Siempre entendí al Perú como el intento, más o menos fallido, más o menos exitoso, y básicamente híbrido, de construir una república liberal. Bolivia no es así por la correlación de fuerzas, al punto que en 1952 un alzamiento popular encabezado por el Movimiento Nacionalista Revolucionario (el MNR de Víctor Paz Estenssoro) derrotó nada menos que a las fuerzas armadas. Me recuerda un poco el temor de Augusto B. Leguía, que refiere Tito Flores en Apogeo y Crisis: en los veintes el implacable dictador dudaba de enfrentar a los gamonales de la sierra norte por temor a que estos derrotasen militarmente al ejército peruano.  

Pero en Bolivia no fueron los gamonales; al contrario, fue el movimiento popular; uno muy complejo, por cierto, en el que el liderazgo del sector obrero fue paulatinamente cediendo posiciones ante la organización campesina. Incluso las dictaduras, desde Alfredo Ovando (1969) en adelante, no hubiesen sido posibles sin un alto nivel de concertación entre estas y las masas organizadas, sindicalizadas y en muchos casos constituidas en milicias.    

La coyuntura boliviana contemporánea podría parecernos muy diferente, pero el denominador común no lo es. Remite siempre a una correlación de fuerzas en la que el acceso al poder resulta de una compleja negociación. En esta, la población campesina y obrera organizada cumple un rol fundamental. Algo de eso vi en La Paz en 1999, me llamaba la atención la alternancia en el centro empresarial paceño, de ejecutivos y campesinos en las colas de los bancos, almorzando en las mismas franquicias. En Lima es poco común.

En Bolivia diversas organizaciones sociales deciden corporativamente inclusive qué candidato votar en las elecciones generales y Evo Morales representa esta tendencia. A este se le antepone el proyecto liberal, ciudadano e individualista de Carlos Mesa. En el Perú, La República Corporativa de la que nos habla Alicia del Águila se diluyó durante el siglo XIX; en Bolivia no solo superó ese umbral, sino que se modernizó, adoptó los métodos de las luchas sociales del siglo XX y se consolidó como un poder sin cuya anuencia no se puede garantizar la gobernabilidad del país. 

Se fue Gustavo a su embajada y yo a mi casa; me quedé pensando, hace unas semanas se realizó en el Perú la Asamblea Nacional de los Pueblos que ha aprobado una amplia agenda que abarca desde reivindicaciones comunitarias hasta las de los colectivos LGTBI, pero el proceso es harto distinto. Hasta entrada la década de 1970, la alianza oligárquico-militar impuso su agenda conservadora, mientras el APRA supo aglutinar -y contener- a los sectores modernos del proletariado, vinculados a la producción minera, industrial y agroexportadora. El Partido Comunista de Eudocio Rabines se autoexcluyó del juego; demasiado estalinismo para América Latina.  

No puedo decir que en el Perú la sociedad civil carece de poder; esta recién tomó la calle, limitó el poder congresal del fujimorismo y logró que su esbirro Pedro Chávarry dejase de ser Fiscal de la Nación. Pero si nuestra riqueza multicultural nos otorga cientos de comunidades andinas y amazónicas, también es verdad que somos una sociedad predominantemente urbana, informal e individualista. Si se trata de equilibrar fuerzas con los poderosos de siempre, nuestro camino no solo no es el boliviano: hay que inventarlo donde no existe. 

 

(*) Historiador, docente en Universidad de Lima y PUCP.