Cosecha extrema

Editorial
16 Mar 2019 | 0:30 h

El hilo violentista en las matanzas de Nueva Zelanda y Brasil.
 

Dos tragedias en dos países lejanos uno de otro, pero con grandes razones concurrentes. En Nueva Zelanda, en el pequeño pueblo de Christchurch fueron atacadas dos mezquitas y asesinadas 49 personas y otras 4 heridas. Brenton Tarrant, el principal asesino –podrían ser tres–, es un supremacista blanco que odia a los inmigrantes que no sean de su raza, especialmente a los de religión musulmana.

Antes, en Brasil, en la zona metropolitana de Sao Paulo, dos jóvenes –de 25 y 17 años– irrumpieron en su exescuela y asesinaron a ocho personas, entre ellas a cinco alumnos y luego se suicidaron. Los asesinos eran adictos a los videojuegos de violencia extrema, veneraban a los asesinos de la escuela de Columbine (Colorado, EEUU) que en 1999 mataron a 13 personas y simpatizaban con las redes sociales de Internet de ultraderecha que llaman al crimen.

No es una casualidad que ambas matanzas se encuentren unidas por el extremo culto a las armas y su uso privado para dirimir controversias. El asesino de Nueva Zelanda obtuvo una licencia de posesión de armas de fuego en noviembre del 2017 y empezó a comprar armas en diciembre de ese mismo año, con escasa restricción legal.

Ambos actos también se producen en el contexto de un auge xenófobo. En su manifiesto a propósito de la matanza, el asesino neozelandés considera que este acto enseñará “a los invasores que nuestras tierras nunca serán sus tierras, nuestra patria nunca será la suya, al menos hasta que el hombre blanco viva, y que nunca conquistarán nuestro país y nunca sustituirán a nuestra gente”.

No es casual que en Brasil, la otra escena de las matanzas recientes, desde el Gobierno se impulse el supremacismo blanco, incluso antes de la victoria de Jair Bolsonaro, y la mano dura contra el delito. Una reciente ley expedida en enero pasado permite a los brasileños comprar hasta cuatro pistolas sin tener que justificar su necesidad y ampliar las licencias de tenencia de armas de cinco a diez años. Ahora mismo, luego de la matanza de Sao Paulo, el Gobierno propone que los maestros de las escuelas se armen contra el delito.

Lo sucedido es una cosecha extrema de las soluciones extremas frente a la diversidad religiosa, la migración y la diversidad racial que se extiende en el mundo globalizado. Los asesinos han obrado reconociendo de modo expreso una inspiración conservadora y violentista que debe detenerse con la fuerza de la libertad y la tolerancia. Es una pena que mientras en Nueva Zelanda se intenta lo segundo en Brasil surgen voces que reclaman apagar el fuego con gasolina.