Vienen olas más grandes

“El colapso de Venezuela y sus instituciones por obra de un gobierno fallido, demagógico y corrupto continúa incontenible”.

“El colapso de Venezuela y sus instituciones por obra de un gobierno fallido, demagógico y corrupto continúa incontenible”.

En la convulsionada Latinoamérica no se había producido una ola migratoria tan grande como la que hoy sale de Venezuela. El “récord” fue en los 80, cuando del pequeño El Salvador salió alrededor del 8% de la población. En Venezuela ese mismo porcentaje equivale ya a 3.5 millones de venezolanos/as que han salido en los últimos 2-3 años.

Este fenómeno plantea retos y exigencias inesperadas para una región no habituada a grandes mudanzas entre países. Destacan tres aspectos fundamentales.

Primero: todo apunta a que se mantenga y amplíen los números y que se puede llegar a los 5 millones a fin de año; en su gran mayoría, se instalarán en Colombia y Perú, como ya viene ocurriendo. El colapso de Venezuela y sus instituciones por obra de un gobierno fallido, demagógico y corrupto continúa incontenible. 

A esto se añade el impacto de ciertas medidas sancionatorias que tocan ya no sólo a dirigentes gubernamentales sino a la gente de a pie: ingresos por la exportación petrolera a EE.UU. retenidos por la autoridad estadounidense. Las consecuencias están pasando de perfil ante el gobierno de Caracas y repercutiendo en más carencias para las mayorías. La falta de un curso visible de salida política a la crisis agrava todo. 

En segundo lugar, la saludable constatación de que los dos países de mayor destino/acogida de venezolanos, donde se concentra, acaso, el 80% de los que emigraron en los últimos dos años, han puesto en funcionamiento normas e instituciones de acogida coherentes, en líneas generales, con el derecho internacional y con la protección a refugiados y migrantes. Un verdadero ejemplo. No es así, sin embargo, en otros lados. 

En algunos países europeos, violando aspectos esenciales del derecho de los refugiados, se ponen barreras a la inmigración de quienes se ven obligados a huir de sus países. En nuestros lares no deja de ocurrir algo semejante ante la emigración venezolana. En Trinidad y Tobago, así, los venezolanos son detenidos y estigmatizados; en las colonias holandesas de Aruba, Bonaire y Curazao, los ingresantes son deportados. 

Esto no ocurre en Colombia y Perú. Pero es evidente que la evolución de los acontecimientos puede derivar en reacciones sociales chauvinistas y en políticas distintas si la opinión pública es conducida a que así lo demande (lo que no sería difícil de articular con campañas mediáticas sensacionalistas). Una política de información adecuada es indispensable; así como el énfasis en los principios democráticos de tolerancia y cooperación. Los mismos conceptos y valores que colombianos o peruanos buscaron en el exterior cuando las circunstancias los obligaron a emigrar. 

En tercer lugar, afinar el papel de las instituciones públicas de los países receptores para prevenir un “desborde”. Acciones multisectoriales que apunten, primero, a una integración productiva y en la economía formal de los venezolanos y, segundo, a controlar algunos efectos ya visibles de esta inmigración masiva, como es el aprovechamiento por grupos delincuenciales con la trata de personas, particularmente de mujeres jóvenes, que ya vienen sufriendo explotación sexual y cercenamiento de su libertad. 

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