La emergencia 

Editorial
10 Feb 2019 | 20:30 h

Lecciones no aprendidas de los desastres naturales.

Hasta ahora son 127 distritos pertenecientes a 13 regiones del país que se encuentran en estado de emergencia debido a los desbordes e inundaciones producto de las intensas lluvias. Solo en el sur, en las regiones de Tacna, Moquegua y Arequipa, se reportan aproximadamente 4 mil damnificados por los desbordes del fin de semana y por lo menos 5 personas fallecidas.

Los pueblos más afectados son Mirave (Tacna) con más de 450 damnificados, Aplao (Arequipa) con más de 200 y los distritos de Moquegua y Semagua (Moquegua) con más de 3 mil. En otras regiones como Áncash, Ica, Pasco, las provincias de Lima y Huánuco se han registrado huaicos, la interrupción de las carreteras y el corte de los servicios básicos. El puente Montalvo en Moquegua fue destruido, y aunque la Panamericana Sur será reabierta en breve, los daños a la propiedad pública y privada son cuantiosos.

A diferencia de lo sucedido en otras oportunidades no podría afirmarse que esta vez no fueron emitidas las alarmas desde finales de diciembre sobre las lluvias en el sur y en la sierra y Amazonía peruanas. No obstante, es de suponer que las alertas fueron débiles y en el marco de un sistema que opera con dificultades. Estas alarmas, además, cayeron en el vacío en la mayoría de gobiernos locales y regionales, el cuello de botella que se ha formado en el Sistema Nacional de Riesgo y Desastres (SINAGRED).

Ya no nos referimos a la parte más recurrente de la prevención, es decir, las obras de enrocado, limpieza de cauces, colocación de barreras, sino a la expectativa frente a los sucesos que active la organización del Estado en su contacto con los ciudadanos.

El grupo de lecciones dejadas luego de El Niño costero parece no haber hecho carne en las instituciones. No podría decirse que, por ejemplo, se haya generado una mayor conciencia sobre la peligrosidad de ciertas prácticas de ocupación del territorio que conducen a la vulnerabilidad de las personas y sus bienes.

De hecho, una vez producidos los hechos recientes, se hizo patente la falta de reacción de las autoridades que operan en el terreno, de modo que como siempre ha debido esperarse el concurso del gobierno nacional para movilizar equipo y recursos de envergadura para atender la emergencia. En ese punto tampoco se han aprovechado las lecciones.

La cadena de suministro humanitario tiene que funcionar en las primeras horas posteriores al desastre. En este contexto, es clamorosa la falta de información proveniente de las autoridades especializadas y de las que operan en el terreno, de manera que ahora mismo no se sabe si está funcionando el procedimiento de la primera respuesta para proteger la vida y los medios de vida de la población. Se tiene, eso sí, cifras muy globales de ayuda que sale de Lima y llega a las zonas, pero sin datos sobre la entrega física a la mano, una deficiencia ya apreciada en El Niño costero del 2017, que enseñó que no es suficiente el transporte de la ayuda, sino su distribución.