La corrupción sabe poner en la periferia a los honestos

Pedro Escribano
2019 M01 31 | 05:50 h

Escribe: Ary Waldir Ramos Díaz, PhD en Comunicación y Ciencias Sociales de la Pontificia  Universidad Gregoriana de Roma. docente del CREC (Center for Research and Education for Communication) con sede en Lyon, escritor-investigador y periodista acreditado en la Oficina de Prensa de la Santa Sede. Trabaja como corresponsal desde el Vaticano para el network aleteia.org

La corrupción se disfraza de héroe, aprovecha al súper hombre que todo pretende resolverlo solo, utiliza el caudillismo, el populismo, el nacionalismo, el neoliberalismo, etc.

La corrupción sabe de marketing y de persuasión. Cuando decimos que la corrupción pone en la periferia a los honestos, entiéndase que aleja a María, a Juan, y a sus comunidades, del centro de las decisiones y del poder como servicio. Porque a la corrupción le conviene excluir, relegar.

La corrupción sabe confundir a la comunidad para que esta crea necesitar del hombre fuerte de turno, de su grupo de poder, de su protección y soluciones mágicas. La corrupción es la que empobrece y extiende las periferias de nuestro continente y acentúa otros males: migración forzada, violencia, narcotráfico, desempleo, contaminación ambiental, entre otros.

La corrupción no tiene bandera, se anida en las dictaduras y en las democracias incumplidas; explota títeres que se creen beneficiarios y le sirven a sus aciagos propósitos. Ríos de dinero,  prebendas y privilegios corren por doquier, pero a pacto de que sean para pocos ungidos. Esto puede variar entre los intereses de una multinacional de la energía, los contratos públicos de un estado o las arcas de un partido.

La corrupción sabe de finanzas y de la máxima ganancia. La corrupción le da la espalda a lo que no es negocio: el medio ambiente,  la salud y la educación pública, los derechos de las minorías, etc.

En tiempos de posverdad, la corrupción apaga la luz de un liderazgo inspirador, pues en él existe el riesgo real de construir resultados a largo plazo y para todos. El liderazgo que busca el bien común debe estar preparado para ver a los ojos la calumnia y la persecución.

La misión del liderazgo auténtico es buscar la cruz de la verdad y de la justicia en medio al odio, la resignación, la impunidad y la complejidad de los hechos entre información y contra información; puesto que sirven para confundir y deslegitimar a quien se opone (o por lo menos lo intenta), o es obstáculo (queriendo o no) al mal corruptor. 

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No es una casualidad que los periodistas, líderes sociales y sindicalistas mueran por cumplir su deber en varios países de nuestro continente, en tiempos insospechables de democracia y libertad. Ante la mundialización, el ciudadano, cada vez más, tiene la sensación de tener que dejarse llevar por las olas de los acontecimientos nefastos de la corrupción globalizada.

El papa Francisco advierte: Pecadores sí, corruptos no. El corrupto se jacta de la cultura de la viveza y la alimenta. En tiempos de la digitalización, el arma más potente - insistimos - contra el que pretende ser constructor de puentes está hecha de rumor, murmuración, cotilleo y verosimilitud en la confección de falsas noticias, repetidas como un mantra, hasta que pasen como verdaderas.

Obviamente, en la búsqueda de la verdad hay un tiempo inexorable que pasa por el balance que dará la historia. Al final, como dice el evangelio: el falso profeta se reconocerá por sus frutos (Mateo 7, 15-16).

El liderazgo que cultiva los frondosos frutos de la construcción de la comunidad, la justicia social, la libertad, la fraternidad y la cultura del encuentro, a pesar de la diversidad, no busca, como dijo Francisco, ocupar espacios, sino abrir procesos.

La corrupción en cambio, es estática y se adueña de las instituciones y de los lugares de poder.  Como en cualquier sistema mafioso, el silencio de los inocentes es lo que causa mayor injusticia. Por eso, la corrupción busca dejar en la periferia de las decisiones a los honestos. Aquí es útil volver a una visión que trasciende los debates ideológicos. La corrupción no se combate con el silencio, como indica el papa Francisco: “Debemos hablar de ella, denunciar sus males, comprenderla para poder mostrar la voluntad de hacer valer la misericordia sobre la mezquindad, la belleza sobre la nada”. Por ende, hay que pelear (no entre nosotros, sino contra esa perversión) para estar en el centro de las decisiones, junto a nuestras comunidades, porque el mal no vencerá, si los honestos gritan sus horrores.

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Redacción:
La Periferia es el Centro. Escuela de Periodismo - Universidad Antonio Ruiz de Montoya