Del tranvía al desorden

Diego García Sayán
16 Ene 2019 | 20:00 h

"Me llama la atención que PLAM 2035 no aparezca explícitamente en la agenda política y municipal. Es un buen plan y debería ser parte de una estrategia estatal/municipal".

Hasta los 11 años viví en la calle Nicolás de Piérola (La Colmena), sintiendo su periódico trepidar en la quincha de casa y viendo pasar –y a veces “gorreando”– el tranvía que iba hasta El Callao. Otra línea iba desde la Plaza San Martín hasta Miraflores y Chorrillos. Lima tenía uno de los mejores sistemas de transporte urbano de América Latina con ambas líneas férreas construidas hace más de 160 años.  

Es lamentable que una “modernidad” mal entendida, entre otras cosas, hiciera que en la década del 60 del siglo XX se desmontaran los rieles y tranvías y que sólo quedaran algunos vagones en exhibición en rincones de Barranco. Mientras, en las principales ciudades europeas se ha relanzado la inversión en tranvías en los últimos años. Buena señal, asimismo, las conversaciones entre la municipalidad de Arequipa y el gobierno francés para poner en marcha un sistema de tranvías en la Ciudad Blanca.

No es necesario comentario alguno a la experiencia diabólica que se vive al transportarse hoy dentro de Lima o a lo que eso significa para la economía o derechos ciudadanos. Dicen que toda comparación es odiosa, pero en esto es inevitable. Por mis actividades debo visitar con frecuencia varias ciudades latinoamericanas; ninguna –incluso Ciudad de México– llega al colapso vial que se sufre en la capital del Perú. 

Esta semana en la que se conmemora un aniversario más de la fundación española de la ciudad, hay una pregunta y algunas reflexiones sobre el caos que hoy nos agobia. La pregunta: ¿por qué Lima colapsó? 

Tras su crecimiento explosivo por las migraciones durante el siglo XX –fenómeno semejante al de muchas ciudades latinoamericanas– parece que no se supo qué hacer. El hecho es que no hubo planeamiento ni estrategia de mediano y largo plazo; se creyó que se podía seguir administrando las cosas como se venía haciendo. En esencia: en un suicida laissez faire faltó planeamiento y visión de Estado en quienes han gobernado el país y la ciudad. ¿Qué hacer para adelante? La respuesta es compleja pero hay al menos dos aspectos medulares sin los cuales es imposible salir del hoyo. 

Primero, la urgencia de planeamiento estratégico. Que no sólo van más allá de una cortísima gestión municipal, sino que articula estrategias de crecimiento urbano, de uso de recursos y de transporte público que hagan de esta megaciudad un espacio más vivible y menos generador de tensiones y violencia. Por su dimensión e importancia estratégica para el país –el PBI de Lima representa más del 40% del PBI nacional–, los dramas de Lima están más allá de una respuesta que pueda dar una gestión municipal de cuatro años; la atención a sus problemas debe ser atendida como parte de las principales políticas públicas del Estado, con el indispensable respeto a la autonomía municipal. 

Me llama la atención que PLAM 2035 no aparezca explícitamente en la agenda política y municipal. Es un buen plan y debería ser parte de una estrategia estatal/municipal que el alcalde Jorge Muñoz podría conducir. La “pepa”: planeamiento urbano. Me tocó ser regidor en la época de la gestión municipal de Eduardo Orrego (1981-84), una excepción al respecto en las últimas décadas del siglo XX.  Pero, luego, en lugar de gobernar la ciudad se pasó a administrarla (…y mal).

Segundo: recursos presupuestales. Para los cerca de 10 millones de habitantes en Lima metropolitana, dice mucho que el presupuesto municipal de la ciudad, de aproximadamente S/ 3,426 millones, sea groseramente inferior al de otras ciudades de países semejantes al Perú. Santiago, con la mitad de población que Lima, tiene un presupuesto casi nueve veces mayor y Bogotá uno casi once veces mayor. 

Si esto no se atiende, el municipio metropolitano estará condenado a ser mero administrador de un desastre creciente. ¡Feliz día, Lima!