Más allá de Venezuela y el Grupo de Lima

Alberto Adrianzén
9 01 2019 | 20:43h

“El reconocimiento de un posible ‘gobierno provisional’ en Venezuela solo sería posible si ‘existe’ un contexto violento que legitime dicha acción”.

No soy, como se dice, un seguidor y menos un admirador del gobierno de Nicolás Maduro. Tengo más bien una serie de críticas a ese gobierno que incluye el tema democrático, la corrupción y los derechos humanos. A ello se suma mi desconfianza a lo que se llama el socialismo del siglo XXI que ha llevado a ese país a una profunda crisis económica y que hoy es agravada por un bloqueo ilegal, económico y político, de EEUU y otros países de la región, entre ellos el Perú. 

Por ello, considero que la situación en Venezuela en poco tiempo será aún más crítica. Un factor importante es su crisis interna, el otro es el incremento de la presión e injerencia externas que buscan aislar aún más al gobierno. En este contexto, la última declaración del llamado Grupo de Lima del cuatro de este mes agrava esta situación. Y si bien, gracias a la disidencia de México que lo llevó a no firmar la declaración final, las propuestas más radicales fracasaron, en particular la de una ruptura colectiva de relaciones diplomáticas de los países de este grupo con Venezuela, como proponía el Perú, creo que hemos pasado a otra etapa del conflicto y que hoy son otros los caminos para solucionarlo, como lo sugirió hace unos días el canciller chileno, Roberto Ampuero, en una entrevista: “¿hasta dónde podemos avanzar con los límites de la diplomacia. Las denuncias y los comunicados tienen efectos y límites. Eso, una dictadura como la de Maduro lo sabe muy bien” (El Comercio: 07/01/19).   

Un primer paso en ese cambio de estrategia es la decisión de la mayoría de los países del Grupo de Lima, como se afirma en la última declaración, es la de no reconocer la legitimidad del nuevo periodo presidencial de Nicolás Maduro y ratificar su “respaldo y reconocimiento a la Asamblea Nacional como órgano constitucional democráticamente electo”. Un segundo paso, que también está en la misma declaración, es que Maduro le transfiera “en forma provisional” a la Asamblea Nacional el Ejecutivo para que ésta convoque a nuevas elecciones presidenciales; y uno tercero, bien podría ser el anuncio por parte de la Asamblea Nacional de crear un organismo de transición. Lo que se vendría, probablemente, es la creación de un “gobierno provisional” que sería reconocido por los países del Grupo de Lima, por EEUU y aliados, y algunos países de la Unión Europea, y que podría solicitar “ayuda externa” para solucionar la crisis humanitaria que hoy vive ese país. Por eso, la última declaración del Grupo de Lima es una suerte de guía política que tiene que ejecutarse “lo más pronto posible”. Es la agenda de los EEUU asumida por el Grupo de Lima y la oposición interna venezolana por su debilidad política. 

El otro camino, que no anula al anterior, es que estos mismos países le asignen al conflicto interno venezolano un status de “beligerancia” ya que habría dos fuerzas “iguales” que se disputarían militarmente el poder, como sucedió en 1979 en Nicaragua lo que permitió el reconocimiento internacional del “gobierno provisional”. El problema es que la Venezuela de hoy no es la Nicaragua de los setenta. De ahí que el reconocimiento de un posible “gobierno provisional” en Venezuela solo sería posible si “existe” un contexto violento que legitime dicha acción. Para el analista venezolano Leopoldo Puchi, la situación social y económica en su país es realmente dramática por la hiperinflación y el achicamiento del aparato productivo. A ello se suma que políticamente no hay condiciones en el corto plazo de un posible entendimiento entre el gobierno y la oposición. Si es así, lo que viene es muy peligroso porque se podría estar “promoviendo” una suerte de guerra civil en Venezuela.

El resultado para la región sería un desastre: una mayor derechización y una creciente polarización política e ideológica que fortalecerá a esta suerte de “santa alianza” ultraderechista compuesta por Colombia, Brasil, Chile y EEUU (y posiblemente Perú). Y si bien uno puede cuestionar si Venezuela representa hoy al progresismo, lo que sí es cierto es que esa “santa alianza” lo que busca es acabar con una corriente progresista, que es diverso, que está en varios países de la región y que existe. Este año en América Latina habrá seis elecciones presidenciales. En algunos de estos países el progresismo se juega su futuro político.