Sonsonaros

Marco Sifuentes
2019 M01 6 | 02:17 h

"Aquí y ahora, la causa anticorrupción no solo es popular. Es una camiseta, una causa, un sentimiento transversal a clases, géneros, religiones y banderas". 

El 2 de enero, en Saposoa, un chico de 17 años fue asesinado por su padre luego de enterarse de su homosexualidad. Un día antes, en Brasil, asumió la presidencia Jair Bolsonaro, célebre por frases como “prefiero un hijo muerto que un hijo gay”. Algunas horas después –decepcionados por el tuit de Keiko apoyando la declaratoria de emergencia del Ministerio Público–, cientos de súbitos exfujimoristas iniciaron la desesperada búsqueda de lo que llamaron un “Bolsonaro peruano”.

¿Cómo es que esta gente pasa de “con mi Chávarry no te metas” a “necesitamos un Bolsonaro”? Es evidente para una mayoría absoluta de peruanos que la única misión de Chávarry es obstruir la justicia en un país donde, por primera vez, esta parece administrarse sin sesgos partidarios (Humala y Heredia fueron a prisión, como ahora Keiko; y la situación de García es de lejos mejor que las de Villarán y PPK, a quienes sí les allanaron las casas y les congelaron las cuentas). Solo en una burbuja muy ideologizada –y con un campo de distorsión de la realidad muy fuerte– se puede interpretar lo que viene sucediendo en los últimos dos años como derrotas de “la derecha”.

Y esa es precisamente la explicación del repudio a Chávarry y la popularidad de Vizcarra fuera de esa burbuja, en el mundo real. Aquí y ahora, la causa anticorrupción no solo es popular. Es una camiseta, una causa, un sentimiento transversal a clases, géneros, religiones y banderas. En su momento y en su lugar, esto es algo que supo leer muy bien Bolsonaro, que es mucho más listo que sus fans locales. Buena parte de su voto fue una protesta de brasileños que –díganme si no les suena familiar– pusieron como prioridad número uno deshacerse de la campante putrefacción de sus políticos entregados a Odebrecht y otras constructoras. 

Si lo viéramos estrictamente como un político que llega desde fuera para encarnar el rechazo a la clase política comprobadamente corrupta, no hay nada más lejano a Bolsonaro que Chávarry. Y resultaría que –sorry, fujitrolls– ya tenemos un Bolsonaro peruano: se llama Martín Vizcarra. Un presidente de derecha (ya viene la reforma laboral) popular (66% de aprobación en el sector D). Es más, los ahora exfujimoristas hace tiempo que le vienen atribuyendo a Vizcarra características que cuadran más con el nuevo presidente brasileño: le dicen autoritario, que pisotea la independencia de poderes, que quiere perpetuarse en el poder.

Así, que, si quieren un líder de derecha al que las masas le perdonen todo porque viene a barrer la mugre, no deberían buscar más: Vizcarra es el hombre. Pero los exfujis no están buscando algo tan light, ¿verdad? Todos sabemos que Bolsonaro es, sobre todo, un fascista, misógino, racista y homofóbico. Esto, y no otra cosa, es lo que quieren los sonsonaros peruanos. Por suerte, todos los candidatos que cumplen los requisitos están estrechamente vinculados a la vieja corrupción que Chávarry protege. El 2021 está aún muy, muy lejano.