Keiko Fujimori, un año después

Rosa María Palacios
15 12 2018 | 20:01h

“Están hoy más que claros los vasos comunicantes entre Lava Jato y Lava Juez. Ella es uno de esos vasos comunicantes”.

Hace un año, Keiko Fujimori, enterada del trámite favorable para el indulto a su padre, ponía el pie en el acelerador de la vacancia de Kuczynski. En apenas una semana pensaba que podía librarse del hombre que despreció y atacó sin piedad desde que este le ganó la presidencia. Tenía los votos de su bancada, de parte del Apra y la izquierda y creía que le alcanzaba para deshacerse del presidente que, en su lectura, amenazaba sus planes al 2021 liberando a su padre y empoderando a su hermano Kenji. No logró la vacancia. Cuando el país creía haber conjurado una amenaza autoritaria con los votos del hermano Fujimori y sus aliados, Kuczynski cometió la estupidez de política de indultar a Alberto Fujimori un 24 de diciembre.

El destino de Kuczynski, a quien durante el verano se le acumulaban las acusaciones por tráfico de influencias del 2006, ya estaba escrito. Si bien sus delitos pueden haber prescrito, nadie quiso apoyar a un mentiroso contumaz. La desilusión fue creciendo y los pocos aliados, desapareciendo. En marzo, Keiko Fujimori hizo su jugada. El congresista Mamani grabó a Kenji y sus amigos ofreciendo obras por votos. Kuczynski estaba liquidado. Keiko se ocupó personalmente de lanzar a su hermano del Congreso.

Hacia mayo, parecía que Keiko Fujimori gobernaba el país. Consideró a Martín Vizcarra un títere útil. Su padre estaba neutralizado, su hermano fuera del juego y Kuczynski en su casa. Solo faltaba zafarse de las investigaciones por recepción indebida de fondos de campaña en la Sala Suprema de Hinostroza. El control férreo, detallado y vertical de su bancada recompuesta le daba el aire suficiente para manejar el país a su antojo.
Hoy, Keiko Fujimori está presa. Luchando una apelación para ser excarcelada con un pronóstico incierto. No solo eso. Su popularidad está por los suelos, asociada abiertamente a actividades corruptas. ¿Qué le salió mal? ¿Puede alguien destruirse de este modo en seis meses? El caso dará para análisis más detallados en el estudio de nuestra historia, pero dejo estas líneas aquí por si alguien las busca en cien años.

Primero, subestimó a Martín Vizcarra. Error gigantesco. Tal vez los modales suaves y afables del provinciano le dieron confianza. Su aire de diálogo perpetuo, ¿la pudo haber confundido? No lo sabremos nunca. Lo cierto es que ya para 28 de julio, el chat La Botica lo calificaba de traidor con aplausos protocolares incluidos. Vizcarra la leyó rápido y zafó a tiempo. Cuando ella quiso contraatacar revelando reuniones privadas, el tiro le salió por la culata. El Presidente pudo contar sus exigencias que dejaron en evidencia el mercantilismo de sus intereses.

Segundo, subestimó al periodismo, en especial al periodismo de investigación. Creyó que podía destruir a IDL Reporteros, a Gustavo Gorriti y a tantos otros, con el hampa troll que desplegó en las redes y en sus esclavos de pluma. Fue peor para ella. Están hoy más que claros los vasos comunicantes entre Lava Jato y Lava Juez. Ella es uno de esos vasos comunicantes, donde el también preso Hinostroza, era su pasaporte a la impunidad. Caído él, caía ella. 

Tercero, subestimó las reservas morales que hay en el Ministerio Público y el Poder Judicial. Uno puede estar en desacuerdo o en acuerdo con ciertas medidas, pero hay la suficiente autonomía en algunas instancias como para que le quede claro a todos que los días de la impunidad total han terminado. ¿Están limpias estas instituciones? No, ni remotamente. Pero basta un puñado de personas honorables para que, con todos sus errores, hagan una gran diferencia.

Cuarto, despreció el cariño popular a su padre y hermano. Todos sus gestos posteriores no han podido desligarse de esa sensación de falsedad que los impregna. La única persona en el Perú que no podía perseguir a los que indultaron a su padre era ella. Los peruanos perdonan muchas cosas, pero ¿mala hija? Eso es inolvidable.

Finalmente, su defensa es un desastre. Como hemos repetido varias veces, lo único que tiene que hacer Keiko Fujimori es decir la verdad. Si da la lista de todos los aportantes a su campaña (la verdadera lista) sin buscar en el cementerio, es posible que se libre de la imputación de lavado de activos. Salvo que, como crece la sospecha, el dinero sí provenga de actividades delictivas como el narcotráfico o los peculados por los que su padre ya fue condenado.

De la cumbre al subsuelo en tiempo mínimo. Fujimori debe entender que ya no se está jugando su futuro político porque este desapareció. Lo que se juega hoy es su libertad.