El futuro incierto de América Latina

Alberto Adrianzén
31 10 2018 | 20:34h

En esa dirección camina el discurso de Bolsonaro cuando amenaza con desaparecer a los trabajadores, a los progresistas e izquierdistas; así como cuando desprecia a los negros, mujeres y homosexuales.

El 28 de octubre América Latina, en especial América del Sur, giró no solo a la derecha sino a la ultraderecha. Con ello el llamado “giro a la izquierda” terminaba, paradójicamente, en Brasil con el triunfo electoral de un candidato que prometía implantar a “sangre y fuego” un régimen de destrucción del progresismo latinoamericano.

La elección de Jair Bolsonaro, exmilitar, evangélico y ahora presidente de Brasil, debe verse no solo como un triunfo electoral de la ultraderecha y una derrota política y cultural del progresismo, sino que también como un periodo que nos regresaría a los años más violentos que se vivieron en nuestra región y a una nueva “guerra fría” que representa la recuperación de la hegemonía de los EEUU. Es la vieja doctrina Monroe de “América para los americanos”. Se acabó la integración regional.

El futuro ministro de economía de Bolsonaro, Paulo Guedes, ha dicho que el MERCOSUR “no es una prioridad” del futuro gobierno. Volvemos a un escenario altamente polarizado, donde lo característico no serán los enfrentamientos armados como en el pasado sino más bien la destrucción del otro, así como una clara subordinación al poder imperial. Emir Sader ha llamado a este proceso “la guerra híbrida” que se da por dentro de los sistemas institucionales y que consiste en la judicialización de la política, el desprestigio de los líderes de izquierda y el intento por crear un régimen de excepción.

Y si bien se puede coincidir o no con Sader, me interesa subrayar lo que afirma Enzo Traverso en su libro “A sangre y fuego. De la guerra civil europea, 1914-1945”, en el sentido de que las llamadas dos guerras mundiales no fueron tales sino más bien “guerras civiles”. Su idea es que la guerra civil “es siempre una mezcla de anomia jurídica y de plenitud pasional llevada al extremo, como si el vacío creado por la caída de las normas se llenara por un contenido emocional nuevo. El combate ya no es legitimado, y mucho menos regulado, por la ley, sino por convicciones éticas y políticas superiores que hace falta defender hasta el fin”. Dicho en palabras de Damián López: “la noción de guerra civil alude a un conflicto en el interior de una comunidad política que implica la ruptura del orden y la normatividad, también supone una oposición entre enemigos que colocan al otro en el lugar del no-derecho y, por tanto, lo vuelven posible objeto de destrucción”.

Y si bien este argumento nos podría servir para definir que el llamado “conflicto armado” que se vivió en nuestro país en los 80 y 90 fue una suerte de “guerra civil”, lo que importa señalar es que lo central del discurso de Jair Bolsonaro, además de ser expresión de una “guerra híbrida”, como dice Sader, se basa en la definición de que el otro es un sujeto carente de derechos y, por lo tanto, “objeto de destrucción” como sucedió con los judíos, comunistas y otros grupos, en la época nazi. 

En esa dirección camina el discurso de Bolsonaro cuando amenaza con desaparecer a los trabajadores, a los progresistas e izquierdistas; así como cuando desprecia a los negros, mujeres y homosexuales. Discurso que se ve justificado por unas creencias religiosas pentecostales que hoy invaden los predios de la política en América Latina. No es extraño que al saberse triunfador haya dicho que lo primero que haría al llegar a la presidencia es escuchar a Dios y a la Constitución. En ese sentido “los valores que ocupan este espacio anómico” están teñidos de religiosidad y conservadurismo. 

Estamos entrando, luego del fin del ciclo progresista, a otro extremadamente complejo y difícil que tiene como características principales; a) la presencia de una derecha radical y crecientemente internacionalizada que considera que su adversario no debe existir; b) una política que busca establecer alianzas estratégicas de larga duración con EE.UU. y que rechaza cualquier estrategia de integración regional o subregional; c) una activa presencia de corrientes evangélicas que aliadas con los sectores católicos tradicionales definen esta etapa como un “momento conservador”; y d) un auge de los movimientos conservadores y un repliegue de los movimientos progresistas y proderechos. Es decir, un futuro incierto. Nada fácil el camino que tenemos por delante.