Encontrar al rostro auténtico de la política

Fabiola Luna Pineda. Colaboradora de los pueblos indígenas amazónicos y consultora en temas socioculturales.

Fabiola Luna Pineda. Colaboradora de los pueblos indígenas amazónicos y consultora en temas socioculturales.

Las elecciones de este fin de semana pasado, si bien constituyen una foto o un momento político, son muy reveladoras. La población con su voto ha sancionado una forma de hacer política, la de la vergüenza, la de las prácticas inmorales generalizadas, la que asalta a los recursos del Estado, la que usa el poder para fines particulares y no el bien común, la que ha ido gangrenando las instituciones del país. El voto ganador ha rechazado una política rehén de las ambiciones individuales y de la prepotencia de grupos, con un interés ajeno al de todos. Ha elegido una política amiga y colaboradora, responsable, que aumente la participación y la inclusión. Una política que logre unir las aspiraciones legítimas de individuos y grupos, con el interés de toda la ciudadanía.

Se conocía y se reclamaba seguridad ante la corrupción y el robo de la delincuencia común u organizada, pero ha sido atroz conocer la corrupción en las instituciones estatales, en los políticos, en los jueces, en los empresarios. Comprobar que se ha lucrado con los bienes de todos, que se ha buscado el rédito económico rápido y fácil, que los principios morales no interesaban, sino que más bien estorbaban, que eran considerados ingenuos, ha golpeado el sentir de la ciudadanía.

Los votos de los ciudadanos han actuado como contrapeso ante las instituciones y políticos corruptos, y han ejercido su derecho a la fiscalización. Se ha revelado algo sorpresivo: el voto no ha sido repetitivo en un círculo vicioso. No ha desaparecido la búsqueda de la honradez y la veracidad, que nos haga ver que es posible seguir creyendo, que hay en quienes se puede depositar la confianza. La clase política, la empresarial y las instituciones públicas han recibido un mensaje suficientemente claro para que sea tomado en cuenta para el futuro.

Se saturó a la población. No más “roba, pero hace obra”. No se ha elegido al criollo vivo, ni al autoritario que -se decía- necesitaba el país. Si se había creído que para los peruanos la política es una actividad ajena a la moral, en la que los valores éticos no tienen aplicación, los resultados electorales lo desmienten.

En todo este panorama, los jóvenes merecen un elogio muy especial. Ellos han sido verdaderos sembradores del cambio. Los jóvenes en, y desde, el mundo de las redes han realizado una acción revolucionaria que ha tomado por sorpresa. Sus frustraciones los han llevado a buscar un camino superior, el que lleva hacia el rostro auténtico de la política y, su razón de ser. Así han hecho un servicio invalorable y un gran bien al país. Han manifestado el valor ético de no dejarse avasallar por las decisiones de una justicia hecha, con las tinieblas de los oscuros intereses que son contrarios al bien común y a los derechos humanos.

Los seres humanos tienen vocación a vivir en sociedad; de ahí la necesidad y el deseo de vivir en una comunidad política con calidad ética, donde las relaciones humanas sean de veracidad y confianza, donde sea posible la justicia, atender a los más pobres, a los descartados de la sociedad y respetar las diferencias culturales. Todo esto choca con lo que se ha oído, con un individualismo exacerbado, con la tendencia al enriquecimiento rápido, aunque sea delincuencial, etc. Anulado el componente ético, las decisiones políticas se transforman en decisiones que solo agravan los problemas y enriquecen a unos pocos a costa del aumento de la pobreza de muchos.

Hay visos que la crisis política actual tome otro rumbo y no siga obstruyendo la economía nacional; que el poder legislativo reflexione si no quiere, en el futuro, seguir naufragando en el voto del rechazo.

Ahora toca exigir a los nuevos protagonistas de la política coherencia de compromiso, preparación, rectitud moral, iniciativa y fortaleza para afrontar los desafíos de hoy, pero sin que se pretenda una perfección imposible. La complejidad de los acontecimientos humanos e históricos no permiten que se resuelva todo y de inmediato. Exigir y actuar, no solo mirar y criticar, proponer con creatividad y no perder la esperanza.

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