Cartas

Ante el recuerdo del héroe

Señor Director:

La mañana era brumosa. Por las calles de Chucuito y La Punta la gente encorvada por el frío iba creciendo en torno al ataúd que contenía los restos del héroe de Angamos. El eco del redoble de tambores iba creando una sinfonía marina con el chasquido de las olas en las playas. En los muelles, los hombres detuvieron su trabajo. Se quitaron las gorras marineras y tendieron una mirada larga al ataúd como queriendo penetrarlo y ver por última vez al héroe que nos dio honor en medio de la derrota. Las madres que conducían a sus hijos a la escuela se aproximaron al cortejo y se contagiaron del recogimiento y la emoción de los cadetes que escoltaban el ataúd.

Los niños, con los ojos inmensamente abiertos preguntaban a sus padres qué era aquello que con tanta unción conducían los marinos sobre la cureña de dos cañones ametralladora jaladas por los cadetes. Ellos les respondían bajando la voz: “Allí van los restos mortales del hombre que nos enseñó a sentir a la patria en lo más hondo del alma. El Almirante que asombró al mundo estupefacto durante meses, en que, solo, contuvo a toda la escuadra chilena e hizo del monitor ‘Huáscar’ un símbolo de gallardía. El hombre que en medio del furor de la guerra supo tener la nobleza del caballero antiguo. Allí van, hijos, los restos del héroe Miguel Grau, al que el mundo llama ‘El Caballero de los Mares’”.

La salva de 45 cañonazos disparados desde el crucero insignia B.A.P “Almirante Grau” perdía su eco en lontananza. Tenía 45 años el héroe cuando pereció en la torre de mando del Huáscar, cumpliéndose así su palabra: “Si el Huáscar no regresa triunfante al Callao, tampoco yo regresaré”.

El lento traslado de los restos del Almirante, desde el Museo Naval hasta la cripta de la Escuela Naval, era imponente; todos guardaban respetuoso silencio, acompasado por el tronar de los cañones en el mar.

Hora y media de unción acompañó los restos del héroe. Ya en la Escuela Naval el ministro de Marina y Comandante General de la Marina, Vice-Almirante A.P. Jorge Parodi Galliani y el Jefe del Estado Mayor General de la Marina, Vice-Almirante A.P. Guillermo Villa Pazos, develaron la estatua de bronce de tres metros de alto del “Caballero de los Mares” en actitud gallarda y altiva.

Siempre en medio del silencio se depositaron las ofrendas florales en nombre de la Marina de Guerra y de su Alma Mater, la Escuela Naval. La palabra cobró su significado y comunicó el mensaje del acto trascendental de depositar allí y para siempre, en la cripta de la Escuela Naval, los restos del marino insigne, para que sigan su mensaje y su ejemplo las futuras generaciones de nuestra Marina.

Después de pasar revista y constatar la presencia del Almirante, el toque de silencio conmovió hasta el alma a los hombres rudos. En sus pensamientos apareció asociado el recuerdo del otro gallardo soldado Francisco Bolognesi, que fue seguro a la muerte, con su honor salvado y su deber cumplido.

Era el día 7 de octubre de 1976, noventa y siete años después de la gloriosa muerte del “Caballero de los Mares”, Almirante Miguel Grau.

Gustavo Córdova V.

periodista y profesor univ.

Si tuviera honor

Señor Director:

Si Fujimori tuviera honor se haría harakiri, como los guerreros samurai japoneses. No tiene ni pizca de vergüenza por los crímenes que cometió y que reconoció en algunos juicios. ¿Si no regresa a prisión evitará la muerte?, ¿quiere que alguien se sienta culpable? Él se lo buscó con sus crímenes y latrocinios. Hay culpables, sí, pero no de su condición miserable, sino de haberlo puesto en prisión dorada, a un alto costo, mientras faltan recursos en hospitales y escuelas.

guillermo figueroa

dni: 07211471

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