Hacia las elecciones

Escribe: Brigitte Ríos Fuentes. Delegada nacional CVX Perú y agente de la Pastoral de Cárceles del Arzobispado de Arequipa.

Escribe: Brigitte Ríos Fuentes. Delegada nacional CVX Perú y agente de la Pastoral de Cárceles del Arzobispado de Arequipa.

“El caótico transporte en nuestras ciudades necesita una reforma urgente”, “no existe una coordinación entre las autoridades distritales, provinciales y regionales, lo cual incrementa el caos, el despilfarro de recursos de las comunas y la insatisfacción de las necesidades de sus pobladores”, “existe un gran déficit de áreas verdes y recreacionales”, “nuestras autoridades no fomentan espacios de arte y cultura”, “muchos de los espacios públicos han sido tomados por la informalidad”, “existen cientos de puntos críticos de acumulación de basura que deben ser controlados”, “la inseguridad en nuestras calles es cada vez más apremiante”.

Estas son algunas, pero no pocas, de las exigencias que los próximos alcaldes y gobernadores regionales deberán atender. Exigencias de una población frustrada y desilusionada por una clase política deteriorada, corrupta y sin discurso, en la cual, según el Barómetro de las Américas, solo el 7.5% de peruanos le tiene confianza. Esto significa que el 92.5% restante cree que la política en nuestro país es una competencia y guerra por el poder, y no una lucha contra la corrupción, que debilita nuestras instituciones, vulnera nuestros derechos y mutila nuestra dignidad.

Nuestra clase política enferma y poco preparada ha olvidado por completo su deber de garantizar el bien común en la sociedad. No existe una intención de organizar y empoderar al pueblo porque no es conveniente enfrentarse a un pueblo consciente y educado, ya que es mucho más fácil manipular a quienes menos saben y menos organizados están.

De las autoridades corruptas se está hablando mucho; estos últimos meses hemos visto y oído lo que siempre supimos: los puestos de trabajo y de confianza se negocian, los contratos se negocian, las obras públicas se negocian, las libertades personales se negocian, los años en la cárcel se negocian, los liderazgos se negocian; siempre lo supimos y siempre lo contemplamos pasivamente, acostumbrados a que es “el criollo”, “el vivo”, o “el hablador” el que consigue esos “favores”, acostumbrados a que se debe conocer a alguien y con ello tener “una buena vara” para conseguir lo que quieres.

Juan Carlos Ubilluz en su libro Nuevos Súbditos: cinismo y perversión en la sociedad contemporánea, utilizando conceptos del psicoanálisis lacaniano nos explica que el gobierno “Fujimontesinista” asumió un rol de patrón transgresor lleno de actos de violencia y corrupción que fueron indirectamente aceptados por la población, ya que estos generaban el goce del súbdito que acepta la transgresión como el medio para sobrevivir y ascender a la sociedad. Con ello concluye, preocupantemente, que el Perú no se encuentra listo para una democracia moderna y responsable. Y no se encuentra listo pues, según la última encuesta de PULSOPERU, al 32% de la población peruana NO le interesan las próximas elecciones municipales y regionales, y el 45% se encuentra ALGO interesado en ellas; lo que suma un 77% de votos irresponsables que solo contribuirán con la catástrofe política y social que actualmente atraviesa nuestro país.

Zizek, filósofo, sociólogo y psicoanalista esloveno, dice que las catástrofes que atraviesa una sociedad causan desorganización psíquica y social, ya que estas visibilizan nuestro miedo y vulnerabilidad. ¿Cuántas veces hemos visto que, en despistes de camiones o buses interprovinciales en carreteras, las poblaciones aledañas lejos de verse motivadas a ser solidarias saquean a los pasajeros? Es un retorno a nuestras conductas más primitivas.

La corrupción que hoy enferma a nuestra sociedad es una catástrofe de grandes proporciones que nos ha mantenido hasta hoy en estas conductas primitivas; sin embargo, posterior al impacto de la catástrofe, atravesamos por una alteración subjetiva que nos lleva a un nuevo sentir, pensar y actuar. La corrupción despierta nuestra indignación o tal vez ansiedad, esa ansiedad que los psicoanalistas definen como la reacción defensiva ante el peligro, y ese valor adaptativo de querer ponerle fin a esta situación de peligro sociopolítico.

Esta indignación y reacción defensiva a un peligro inminente debe plasmarse en una decidida y comprometida participación política por nosotros los ciudadanos, haciendo del sufragio una verdadera manifestación de querer un cambio radical, dándole oportunidad a nuevos ciudadanos; honrados, virtuosos y con voluntad de trabajo, y no seguir secuestrados por la caduca clase política que nos ha llevado a esta crisis de valores, económica y política.


 

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