Los 180 días de Vizcarra

Editorial
25 09 2018 | 19:55h

De la discreción a la oportunidad del cambio.

El gobierno del presidente Martin Vizcarra cumple 180 días en un contexto desafiante, en el que sobresalen la tensión con el Congreso, el proceso de reforma que este intenta paralizar, las revelaciones sobre alarmantes niveles de corrupción en las altas esferas del Estado y el relativo crecimiento de la economía.

El primer logro del medio año de Vizcarra es haber liderado una sucesión constitucional ordenada, luego de la renuncia de Pedro Pablo Kuczynski, y organizado una administración que ha mantenido el orden de cosas en la gestión pública. Este elemento de continuidad ha sido también objeto de crítica especialmente en lo tocante a la seguridad ciudadana, la gestión de la política social y la reconstrucción del norte del país, una suerte de continuidad sin promesas.

El nuevo gobierno se inició bajo sospecha de una relación de dependencia y sujeción al Congreso. En los primeros 100 días, Vizcarra ejerció una presidencia discreta con pocas tomas de posición frente a un Congreso avasallador, y confrontó algunos problemas internos que se zanjaron con la salida del ministro de Economía, David Tuesta. Aun así, fueron bien recibidas algunas medidas como los cambios en el Impuesto Selectivo al Consumo, su respaldo a la ley de supervisión de las cooperativas por la SBS, y su crítica a la ley Mulder contra la capacidad de comunicación del Estado.

Los meses posteriores, el gobierno de Vizcarra fue acentuando su independencia, a la par que subía el tono del Congreso y la controversia en temas sensibles como el etiquetado de alimentos, las exigencias contra las políticas de género en el sector Educación o los ataques al Lugar de la Memoria (LUM). Ahora se sabe que en ese período se realizaron dos reuniones entre el presidente y la lideresa de Fuerza Popular, Keiko Fujimori que no cristalizaron el deseo de fujimorismo de aherrojar al gobierno.

La difusión de los audios del CNM implicó un estallido que indignó a la sociedad y sensibilizó rápidamente al Gobierno. En el balance los hechos, la respuesta de Vizcarra fue políticamente correcta, al margen de los resultados de corto y mediano plazo. La versión que afirma que la reacción presidencial a este escándalo estuvo signada por el aumento de su aprobación en declive, no toma en cuenta las funestas consecuencias de la otra reacción, la que escenificó el Congreso. Al contrario, el hecho más significativo de la era Vizcarra, y la que probablemente recoja la historia es, precisamente, haber convertido esta crisis en una oportunidad para el cambio.

Los 180 días de Vizcarra no son ciertamente un recorrido lineal y uniforme. Su Gobierno es hijo de una crisis y se desenvuelve en medio de otra. La suya no será una administración placentera sino compleja, especialmente por el grado de oposición que ejerce ahora el fujimorismo y sus aliados que controlan el Congreso. Sin embargo, y a despecho de ello, el presidente se encuentra ubicado en condiciones de encarar con éxito los siguientes meses respaldándose en la sociedad, asumiendo liderazgos y realizando ajustes en los sectores de baja operatividad.