Keiko ya no es Belmont

Marco Sifuentes
25 M08 2018 | 11:46h

"Con cada vez menos margen de acción política, Keiko Fujimori ha tomado el único rumbo posible en una situación así: sobrevivir. No le queda otra".

En 1990, Fujimori fue el nuevo Belmont. Un año antes de las elecciones presidenciales, que ganó un desconocido autodenominado “chinito”, había ocurrido un fenómeno similar. En 1989, una celebridad mediática, sin ningún apoyo partidario, se había subido sobre la ola de rechazo a los partidos políticos, azuzada por el desastre del Aprocalipsis, y se convirtió en alcalde de Lima. Esa celebridad se llamaba Ricardo Belmont y resultaría fatal para una ciudad que descendió a los abismos cubierta de basura.

Pero esa no es la historia de hoy. El asunto aquí es que Belmont inauguró el fenómeno “outsider” en el Perú. La figura caudillista que triunfa fuera del establishment partidario. Y, años después, hubo algo más, un nuevo fenómeno: en 1993, cuando –apoyado por el Fujimori post-golpe– Belmont ganó su reelección, demostró que un outsider puede seguir siéndolo incluso cuando el sistema lo acoge y lo impulsa.

En buena cuenta, así como su padre fue el Belmont de 1989, en este siglo Keiko Fujimori apuntó durante años a ser la Belmont de 1993: la apariencia de outsider pero las ventajas de estar dentro del sistema. Esta estrategia le resultó razonablemente bien más de una década, pero luego de desesperarse por Odebrecht, de ejecutar en vivo a su hermano, de atropellar con su mototaxi a PPK y de verse revelada como la Señora K… se acabó el juego. No solo se ha mostrado ante la opinión pública como parte del sistema, sino como su encarnación misma (ver la encuesta de percepción de poder, que ella encabeza, a pesar de no tener ningún cargo formal).

Con cada vez menos margen de acción política, Keiko Fujimori ha tomado el único rumbo posible en una situación así: sobrevivir. No le queda otra. Su objetivo hace rato que ya no es el 2021, sino, sencillamente, no terminar en prisión. Por eso sus acciones ya no tienen ningún sentido políticamente. Parece que estuviera dilapidando su capital político. Y sí, lo está haciendo para salvar su propio pellejo. 

En su último –y, en apariencia, desconcertante– video de 9 minutos repite varias veces que está actuando “sin cálculo político”. Y dice la verdad. Es un cálculo judicial. Es que el video ya no está dirigido a sus simpatizantes, que cada vez son menos. Es, simplemente, su forma de demostrar que no necesita apoyo popular para seguir ejerciendo el poder. Sin el CNM y la ONPE que tenía a sus pies, ahora tiene que salvar, por lo menos a los otros alfiles: Chávarry e Hinostroza. Aunque sea descarado. Aunque su video tenga 97% de ‘dislikes’. Aunque tenga que arrastrar a todos sus congresistas en su caída.

Mientras tanto, el vacío de representación se tiene que llenar. Ahora que la Señora K ya fue, sus votantes potenciales voltean la mirada a otros que sepan canalizar sus necesidades, sus miedos, sus frustraciones. Estas elecciones regionales probablemente nos hagan volver a 1989.