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El valor de lo comunitario

La Republica

Guillermo Valera Moreno, Sociólogo. Integrante de las Comunidades de Vida Cristiana y responsable de proyectos en la Oficina de Desarrollo y Procura de la Compañía de Jesús.

Por Guillermo Valera Moreno, Sociólogo.

Por diversas razones y experiencias que he tenido últimamente, he caído en la cuenta -y valorado- más la importancia de participar en una comunidad cristiana, hacerlo de manera regular y no relativizarlo por situaciones que, a veces, complican el manejo de nuestros tiempos; ya fuera el trabajo, la familia o el compromiso social o político (este último venido a menos).

Aunque nos cuesta esfuerzo, y en cada momento de nuestra vida nos plantea distintos desafíos o limitaciones, la comunidad cristiana suele ser un soporte de formación,
acompañamiento y hondura en nuestra fe: vivida desde un esfuerzo compartido y no de modo individualista, lo cual no es poca cosa. En contextos donde se marcan
individualismos exacerbados, competitividades que subordinan a las personas a ser tratadas como cosas, a ser “medios” para propósitos monetarios de unos pocos, a
someterse a la “mano invisible del mercado”, que inevitablemente genera desigualdades e injusticias…, una experiencia de comunidad nos ayuda, o debiera
ayudarnos, a revisar nuestro andar, a saber por dónde caminar y ser fiel en el seguimiento de Jesús hoy.

PUEDES VERNOPOKI, una experiencia del espíritu

Entre otras cosas porque, desde una experiencia de sentido profundo y fidelidad evangélica, la comunidad nos termina ayudando a caminar y a posibilitar nuestro modo
de ser Iglesia y ciudadanos de nuestro país, concebidos como un solo compromiso y sentido de fe y no como dos caminos paralelos que pueden bifurcarse o separarse, según conveniencia o propósito. Integrar fe y vida es una experiencia que se nos facilita desde un compartir comunitario. Al menos esa ha sido mi experiencia, reconociendo que, por ello, no cesan las dificultades o nos hacemos “mejores” que los demás, que los “otros”.

Y la comunidad es una experiencia que está abierta para todos. No es un tema de vocación, es una cuestión consustancial a todo ser humano, en tanto nos permite crecer como seres humanos, nos abre a la posibilidad de interactuar con otros y a crecer en sentido de convivencia, sabiendo (o aprendiendo a saber) que todos nos
debemos respeto en el amor, en el trato justo, en la verdad, en el compromiso con los más débiles y los pobres. Porque todo ello es base también para lo que nos insiste tanto el Papa Francisco con su llamado a ser una “Iglesia en salida”, una Iglesia en camino o una Iglesia “tienda de campaña”; atenta al sufrimiento de los pobres, compasiva y comprometida con la justicia.

Por ejemplo, en nuestro Perú, a todos nos suscita una profunda reflexión, y la necesidad de actuar, las nuevas dimensiones de la corrupción que están presentes en
tantos niveles de nuestra sociedad, en especial el Poder Judicial, y todo lo que tiene que ver con las instituciones tutelares que deben impartir la justicia y las leyes. Qué
decir de algunas empresas u otras entidades del Estado, de tantas prácticas instaladas y “naturalizadas” como adecuadas y que reproducen lógicas corruptas. Desde nuestras comunidades cristianas tiene que ser un tema de reflexión cada vez más profundo, profundidad que sólo se pondrá en juego en tanto nos mueva a realizar
acciones concretas. Desde pequeñas cosas a cosas mayores. Desde lo personal, pero también desde los colectivos diversos en los que nos movemos, dígase familia o compañeros de trabajo, vecinos y desconocidos, y en las propias comunidades cristianas.

Nuestras comunidades tienen que ser espacios de reflexión para la acción en este y otros tantos temas. Sin quedarse solo en lo reflexivo. Hoy, de modo más vivo, necesitamos Ver – Juzgar (discernir) – Actuar de modo visible. Pongámonos metas, las que sean, pero seamos capaces de encaminar estos y otros temas, y que no se nos pase a la ligera. Desde salir a las calles a protestar, pasando por tenerlo presente de modo consciente en las decisiones del día a día, no quedándonos callados o quietos cuando vemos prácticas corruptas, llegando a plantear iniciativas políticas e instituciones capaces de poner freno efectivo a ese actuar delincuente y, muchas veces, tan naturalizado. Hoy, en casi todo lo que obramos, debiéramos preguntarnos: ¿es ética esta decisión?