El desarrollo, una aspiración complicada en el Perú

Marcos Obando Aguirre, sociólogo.

 

9 Ago 2018 | 15:31 h

Marcos Obando Aguirre, sociólogo.

 

Marcos Obando Aguirre

La aspiración más importante de los seres humanos es, sin duda, lograr una vida buena. Aceptando que cada cultura desarrolla sus propias maneras de entender lo que es bueno para la vida de las personas, resulta claro que, en el transcurso de la historia, siempre ha existido esta aspiración y, por lo tanto, los individuos se han ido separando entre quienes alcanzaban estas metas, entre quienes estaban en camino a lograrlas y finalmente entre quienes difícilmente (o nunca) las alcanzarían. Y esto mismo que vale para la persona individual, se extiende y opera al nivel de las sociedades en su conjunto.

En lo que va de este siglo, una de las preocupaciones que rápidamente se instalaron en la agenda social peruana ha sido la necesidad de reducir los niveles de pobreza y desigualdad existente en el país.  Para ello es necesario recordar asuntos que, pese a ser recientes, corren el riesgo de quedar del todo olvidados o casi olvidados de la memoria nacional.

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Para quienes vivimos y fuimos conscientes de los acontecimientos de los últimos veinte años del siglo XX, es decir, de la crisis y recesión económica, de la hiperinflación, del terrorismo como medio para alcanzar fines políticos, del derrumbe de las instituciones y, como consecuencia de todo ello, del deterioro de la calidad de vida y de la extensión de la pobreza en el país, expresiones como “lucha contra la pobreza”  o “superación de las condiciones de pobreza” dejan de ser simplemente una expresión producida por la especulación académica y social, y se convierten en algo que debe estar siempre presente en la conciencia de los peruanos, especialmente de las generaciones jóvenes que se incorporan progresivamente a la vida ciudadana en el país. 

El desarrollo humano, expresión que puede resumir las expectativas de mejor vida para todos, resulta un complicado proceso que involucra la participación de todos, no sólo en cuanto al establecimiento de objetivos y metas, sino que de modo especial toca las puertas de la capacidad de la ciudadanía para comprometerse con procesos que impulsen el crecimiento y el desarrollo del país. Y, en esta lógica, es necesario indagar sobre el significado que las personas individuales le asignan al concepto de desarrollo, considerando que este tipo de expresiones, para las personas comunes y corrientes, más que provenir de la reflexión académica e incluso política, nacen y se forman de la experiencia cotidiana, de lo que se ha logrado y también de lo que no ha sido posible de alcanzar y que ha generado sentimientos de frustración.

De este modo, lo que ocurre en el país, bueno o malo, pasa de inmediato a formar parte del conjunto de significados y símbolos que todos manejamos al momento de construir nuestros ideales de desarrollo y, sobre todo, de los medios que podemos utilizar para obtenerlos. Así, la aspiración de lograr una vida buena deja de ser únicamente un buen deseo para constituirse en una serie de intentos, vale decir, de acciones encaminadas a materializar esta aspiración. Y en esto están pesando los acontecimientos recientes en el país, que han puesto en evidencia el grado de corrupción a través del cual se canalizan los recursos y se definen decisiones importantes para el desarrollo nacional.  Tanto desde la esfera de la política, como desde la orilla de la justicia y también del mundo empresarial, el mensaje a los ciudadanos del Perú, sobre los medios para alcanzar los fines trazados, es lamentable.

Casos como los de Odebrecht y el escándalo de los audios, que comprometen la rectitud del sistema de justicia peruano, han tocado de manera directa la legitimidad de la institucionalidad económica, política y jurídica en el país.  El mensaje que esto deja para el ciudadano de a pie, y de modo especial para los jóvenes del país, es terrible. Si en las ciencias sociales existiera algo parecido a los instrumentos que los sismólogos utilizan para monitorear la actividad de los volcanes y advertir de los peligros subsecuentes, estaríamos en este momento emitiendo boletines de alerta máxima, en los que se señalaría hasta qué punto la acción irresponsable y llena de codicia de los involucrados en estos actos, están comprometiendo el desarrollo presente y futuro del país.

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