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#NoMatarás

Carlos Estacio

Escribe Gladys Ayllón Yares, Doctora en Ciencias de la Educación por la Universidad Libre de Berlín, Alemania.

La coyuntura actual nos invita a asumir una postura firme frente a la grave crisis de corrupción que se ha evidenciado en el sistema judicial. No se trata de un caso aislado en la historia de nuestro país. Es buen ejercicio recordar que, hace ocho meses, los peruanos recibimos también un golpe muy duro a nuestra dignidad al contemplar atónitos cómo se negoció un indulto improcedente. A ello siguieron una serie de acontecimientos donde también se revelaba la falta de honestidad y eficacia del sistema.

Todos estamos, una vez más, indignados, y manifestamos nuestra inconformidad y zozobra por los escándalos que cada día se destapan. Una vez más, se puede percibir el desánimo y la desconfianza en que juntos podamos construir un organismo capaz de impartir justicia y que sea respetuoso de los derechos de todas y todos los ciudadanos.

No es la primera vez que estamos frente a situaciones que revelan la ausencia de un verdadero compromiso por parte de nuestras autoridades. Tampoco es la primera vez que renegamos de nuestro sistema de gobierno, o que sumidos en la desesperación queremos que todos se vayan. No, no es la primera vez que tenemos frente a nuestros ojos una realidad que no logramos interpretar adecuadamente y, mucho menos, entender la demanda que esta nos hace.

Pablo VI, en la Gaudium et Spes -Concilio Vaticano II-, habla de la importancia vital de interpretar los signos de los tiempos. Este ejercicio, que consiste en analizar a la luz del Evangelio las situaciones que estamos viviendo como sociedad, permitirá establecer acciones que contribuyan no solo a entender nuestro presente, sino también a trazar los lineamientos del futuro que queremos, “(…) es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a las perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas” (n.4, 1965).

Si bien es cierto la cita hace mención al deber de la Iglesia, esta no está circunscrita a la estructura jerárquica que la compone, sino que incluye a cada uno de los que la conforman y, por qué no decirlo, también a todos aquellos que deseen analizar conscientemente lo que sucede en nuestra sociedad a la luz de los derechos, la dignidad y la construcción del bien común, que en definitiva es el mensaje del Evangelio.

Este análisis nos demanda a tomar postura. Esto implica, como primer paso, abandonar el desánimo y el pesimismo en el que caemos habitualmente. Implica también revelarnos contra aquellos que quieren matar nuestra esperanza de construir una sociedad justa, humana y humanizadora. Conlleva, asimismo, comprometerse con acciones claras y concretas, que muchas veces nos llevarán a salir de nuestra zona de confort. Por ejemplo, darnos tiempo para organizarnos como sociedad civil en nuestros barrios, asociaciones vecinales y municipios, y comprometernos con acciones para la construcción de nuestro medio social. Implica revelarnos contra el conformismo de asumir que otros decidan por nosotros. Conlleva romper con la idea de que la política es sucia y corrupta, porque la política la hacemos nosotros, y si somos capaces de construir relaciones sanas de amor y cuidado para con el más cercano, también somos capaces de replicar las mismas acciones en nuestro medio social.

La opción por el bien común es la implicancia más relevante, la que no podemos ni debemos evadir ni postergar. Ello nos lleva a analizar el justo valor del dinero y el papel que este juega en las relaciones humanas, así como desprendernos de la idea de que todo y todas las personas tienen un precio.

Si bien es cierto que formamos parte de una sociedad cuya economía cumple un rol importante, esta debe estar al servicio de cada uno nosotros y no convertir a la persona en un instrumento para el beneficio propio. Es necesario, como dice el papa Francisco, dejar de considerar “(…) al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar” (Evangelii Gaudium n.53, 2013).

Este concepto malversado de la economía, que azota nuestra sociedad, nos mata; mata el tejido social, la confianza en el otro, nuestros sueños de construir una sociedad más humana, mata nuestra esperanza de lograr una política al servicio de todas y todos los peruanos. Por ello, ahora más que nunca, estamos llamados a tomar postura y a revelarnos frente a todo lo que busca aniquilar nuestros deseos de construir un país verdaderamente justo y democrático para todos. Hoy más que nunca les decimos a aquellos quienes han equivocado el camino, ensuciado nuestra democracia y defraudado nuestra confianza: #NoMatarás.