Dos cardenales, dos

Erickson Acuna
31 May 2018 | 13:55 h

La designación del cardenal Barreto, una bocanada de aire fresco y amable frente al fundamentalismo.

El papa Francisco anunció hace poco la creación de 14 nuevos cardenales y entre ellos al arzobispo de Huancayo, Pedro Barreto, cuyo nombramiento se oficializará el 29 de junio en Roma.

Para la Iglesia peruana es un hecho sin precedentes que el Perú tenga dos cardenales. No obstante, y como era previsible, rápidamente se ha observado la diferencia entre ambos líderes de la Iglesia peruana, Barreto y el arzobispo de Lima, Juan Luis Cipriani. Este último pertenece al ala más conservadora de la Iglesia, en tanto que el nuevo cardenal exhibe posiciones más comprometidas con los mensajes del Papa sobre el medio ambiente, los DDHH, la corrupción y la protección de las víctimas de las violaciones en el seno de la Iglesia.

Barreto ha defendido al Lugar de la Memoria (LUM), un lugar que, dijo, se debe “recordar con aprecio” para que este emita un mensaje de rechazo a la violencia “venga de donde venga”, en respuesta a la campaña que acusa al LUM de apología al terrorismo. Como se recuerda, esta postura difiere del discurso de Cipriani, quien, desde que fuera obispo de Ayacucho, se expresó negativamente de los DDHH, cerrando las puertas de la Iglesia a quienes pedían apoyo frente a las violaciones de derechos humanos.

El nuevo cardenal ha sido un crítico severo de la contaminación ambiental y alaba en esa dirección la encíclica “Laudato si” del papa Francisco, un documento casi silenciado por los sectores conservadores de la Iglesia al que pertenece Cipriani.

Las diferencias son mayores en relación a los abusos sexuales cometidos en el seno de la Iglesia, ante los cuales el arzobispo de Lima tuvo una declarada actitud de encubrimiento y dilación al punto de que pidió que “no se haga leña del árbol caído” de un acusado. Desde una óptica distinta, Barreto apoya un encuentro entre Papa y las víctimas del Sodalicio de Vida Cristiana.

Los compromisos políticos también son distintos. Cipriani se ha mostrado partidario de la ofensiva política de los sectores conservadores, ha oficiado de nexo del fujimorismo y el expresidente Kuczynski, fue un aliado de Alberto Fujimori en los años noventa, y se expresó vivamente contra los que el año pasado marcharon contra el indulto. Esta cercanía ha sido reconocida recientemente por Fuerza Popular, cuyo Congreso lo ha condecorado. Por su parte, Barreto acaba de hacerse eco de las críticas ciudadanas respecto a los gastos parlamentarios, contestado vivamente por el fujimorismo, de modo que es inverosímil que el actual Congreso le dispense un trato similar que a Cipriani.

Nos encontramos ante posturas que, en el actual contexto de la Iglesia católica abierta a un diálogo interno impulsado por el mismo papa Francisco, no implican una división de la Iglesia católica peruana, ni mucho menos. Estas diferencias nos recuerdan, no obstante, la apertura creciente de la Iglesia a nuevos temas, con nuevos líderes que desafían las poses agresivas y el conservadurismo extremo. En ese sentido, la designación del obispo Barreto como cardenal es una bocanada de aire fresco y amable frente a quienes pretenden imponer fundamentalismos.