Post-PPK: tres lecciones, tres

Hay que llamar a la praxis política de la ciudadanía, más allá de la actividad académica o del nanoactivismo de redes, de debates, think tanks, o todo importante recurso intelectual.

25 Mar 2018 | 6:06 h

Desde hace décadas nos gobiernan las élites económicas, blancas, privilegiadas. Bajo la batuta de políticos zorros como García que le sacan el mejor provecho a la correlación de fuerzas sin que se le despeine mucho el peluquín, o bajo la batuta de personas menos trajinadas en el disfraz político como Humala. En el caso de PPK no había ropaje político que vestir; era el poder económico mismo en el Estado que, además, denosta de “la política” porque considera que sus habilidades empresariales –a las que llaman “tecnocracia”– bastan para ejercer poder. Y digo a propósito ejercer poder y no gobernar, porque como queda claro con PPK y su gente, lo que les interesa no es gobernar para el país, sino principalmente hacerse de poder para seguir haciendo negocios. Por eso es que no saben ni les interesa separar lo privado de lo público. Ni se detienen a analizar que ser servidor público implica una ética de trabajo de propósitos y objetivos colectivos y no personales, a los que están habituados. PPK y su gente nunca supieron leer al enemigo a tiempo porque nunca se convenció de que fuera diferente a él o a los de su club. Keiko no solo no se alineó sino que además de negociar puestos claves en el Estado, fue por su cabeza. Y PPK la puso en bandeja, cavó su tumba, pero además en el camino desarmó importantes avances del país, como la reforma educativa batuteada por Saavedra. Conclusión: Mientras no hagamos nada porque el poder económico, la Confiep y su club de amigos estén detrás del poder político en desmedro del bien común y nacional, la política peruana no cambiará. Y este gobierno abortado ha sido fehaciente prueba de ello.

El indulto sí fue un gran problema y no la gran solución que los tecnócratas Giuffra, Alfredo Torres (IPSOS), y demás interesados, convinieron convencer a PPK. Todos ellos ningunearon a la mitad del país que reclamaba con justicia tremenda perversidad que pulverizaba a sola firma los términos de la Justicia y la Historia Nacional. Y ningunearon también la potencia de los ciudadanos que llevaron –por descarte– a que PPK ganara y mantuviera el poder hasta la primera vacancia. Sin olvidar que esos ciudadanos se vieron obligados a apoyar a PPK por el fraude perpetrado en el JNE que dejó como opciones únicas a la derecha populista de Keiko y a la lobista de PPK. En aras de no desandar lo poco bueno andado, el apoyo de esos ciudadanos fue decisivo. Esa ciudadanía hace patria. Y no por aplausos o dinero. Por eso es justo y necesario para esta precaria democracia, que ese grupo –compuesto por colectivos, organizaciones, movimientos articulados en redes, etc.– sea considerado dentro de cualquier diagnóstico de nuestro política. Que el nihilismo de algunos académicos no lo consideren así, es una omisión preocupante. Ya suficiente con que el enemigo estigmatice a esa ciudadanía con etiqueta de terruca u odiadora o criminalizándola. Sí hay mucho por lo cual estar avergonzados como sociedad, pero también hay por qué no sentirse derrotados. Hay ciudadanía que insiste y resiste. Conclusión: dejar de minimizar o despreciarla. Ha cambiado el curso de las cosas más de una vez y seguirá haciéndolo espontáneamente, por principio y fuerza. Seguiremos insistiendo y resistiendo.

Hay que llamar a la praxis política de la ciudadanía, más allá de la actividad académica o del nanoactivismo de redes, de debates, think tanks, o todo importante recurso intelectual. Es necesario ensanchar la clase media y ensanchar el acceso a educación de las capas más bajas. Educación en contenido cultural pero sobre todo en pensamiento crítico. No es que los peruanos volvemos a elegir lo mismo porque no tenemos memoria. Es más bien que no somos suficientes los que tenemos la información, los que podemos mirarla críticamente y que por tanto sostenemos memoria. Hace falta ensanchar ese círculo en todo el país. Y eso solo se logra poniendo a la Educación en un lugar prioritario. Exigiéndoselo al gobernante como si se nos fuera la vida en ello (que se nos va). No saldremos de este infierno de Dante si no nos ocupamos de la formación de ciudadanos conscientes e informados mínimamente de sus derechos y responsabilidades ciudadanas: vigilar a los gobernantes es una tarea complicada, consume tiempo, hay que mantenerse informado y participar en discusiones, críticas, debates, marchas y protestas. A falta de partidos políticos que nos representen, y a razón del desprestigio que ha sufrido el concepto de partido y el de ideología, estamos los ciudadanos bastante desarmados pero no vencidos, y no por ello debemos dejar que ese espacio lo ocupe más corrupción. Conclusión: Educación en ciudadanía es urgente y vital para nuestra supervivencia. Ensanchar la masa crítica.

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