El libro rojo

Solo Dios sabe cuántas veces intenté convertirme en comunista.

12 Mar 2018 | 6:05 h

Solo Dios sabe cuántas veces intenté convertirme en comunista. Desde el colegio, en los años 70, busqué transformarme en un rojo a toda ley. Y en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en los años 80, cuando pululaban todas las sectas derivadas del pensamiento de Marx, Lenin y Mao, desde los incendiarios de Puka Llacta hasta los revolucionarios desteñidos que adoraban al fantasmal líder albanés Enver Hoxha, sin pasar por alto a los senderistas y tupacamaristas armados, sin embargo, nadie pudo inocularme el fervor de luchar hasta conquistar el poder e imponer la dictadura del proletariado

Ni siquiera las incontables lecturas de los numerosos y reverenciados libros sagrados del comunismo lograron su cometido. Pensaba que si me quedaba dormido sobre las páginas de Materialismo y empiriocriticismo, de Lenin, o de El tratamiento correcto de las contradicciones en el seno del pueblo, de Mao, o de Los conceptos elementales del materialismo histórico, de Marta Harnecker, despertaría no metamorfoseado como la cucaracha de Franz Kafka sino en un verdadero “cuadro” del comunismo dispuesto a prender la chispa que encendería la pradera. Desgraciadamente, nunca ocurrió el milagro.

Hace poco, con ocasión de la presentación de su libro de ensayos El llamado de la tribu, Mario Vargas Llosa relató que se hizo comunista luego de leer La noche quedó atrás, de Jan Valtin, un ex agente alemán prosoviético que se hizo famoso con sus memorias sobre sus  épicas peleas con los nazis. “Después de leer a Jan Valtin pensé que el comunismo era lo único que podía salvar al Perú”, dijo el novelista, quien se matriculó en San Marcos con la idea de sumarse a la revolución organizada por el partido comunista. Valtin me entusiasmó mucho hasta que leí que traicionó sus ideales y se convirtió en soplón anticomunista del “macartismo”. 

Jamás me hice comunista y mucho menos milité en alguna organización política afín. De modo que tildarme como tal es un yerro, un despropósito, una mentira. No he sido, no soy ni lo seré. Dios sabe que hice el esfuerzo, camaradas.

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