El juego de Kenji

El menor de los Fujimori va abriéndose trocha, a costa de desmembrar el partido de su hermana y de fortalecer su imagen.

7 Mar 2018 | 6:05 h

A pesar de que sus movimientos tienen ya varios meses, en los últimos días Kenji Fujimori ha apretado el acelerador político y parece dispuesto no solo a afianzar su imagen sino, además, a forjar una opción política con peso nacional y proyección. Al punto que su grupo de ‘avengers’ es hoy capaz de salvar nuevamente del naufragio al presidente.

A estas alturas, por eso, ya resulta claro que no era simplemente un hijo congresista que luchaba, desde su curul y contra toda circunstancia, por ver liberado a su padre. Liderar, al presente, un grupo de 12 congresistas (“para julio serían 15”, ha dicho Maritza García, una de sus parlamentarias vengadoras), no es poca cosa ni algo solo episódico.

Sobre todo si los movimientos del Fujimori más joven tienen otros componentes: cercanía con el mandatario (con viajes en equipo incluidos), posición peculiar cuando las papas controvertidas saltan en el Congreso (a favor de investigar al Sodalicium, en contra de la ‘Ley del esclavo juvenil”), una bien afinada estrategia en la redes sociales.

Supera, por si fuera poco, a su hermana en la aprobación popular (39% frente a 31% de Keiko, según la encuesta de enero de GFK). Podría decirse que tiene prácticamente todo para convertirse en postulante presidencial en el 2021, incluso el respaldo de Alberto, un padre que desde siempre le mostró sus preferencias y hoy parece alentarlo.

Él se ha mostrado nebuloso cuando le han preguntado por esa posibilidad (“yo no sé mañana”, ha sido una de sus frases más recurrentes). Pero no hay que olvidar que, en los albores del distanciamiento con su hermana, allá por abril del 2016, declaró que, en el supuesto negado de que Keiko no ganara, “él podría postular en el 2021”.

Ese supuesto ya ha sido confirmado dos veces, el 2011 y el 2016, por lo que no sería extraño que sus intenciones se estén calibrando suavemente, al ritmo de desmembrar a Fuerza Popular (FP), el partido al que ya renunció, y de una reinvención incansable de sí mismo. Kenji viaja, aprende quechua, declara, juega sus cartas. Nunca está quieto.

Hay quienes ven en esto una campaña de largo aliento, aunque es probable que sus asesores le estén aconsejando mantener un perfil cauto, sin estridencias presidenciales, pero con la clara intención de posicionarse en el tablero político. No sabemos si estará dispuesto a hacer alianzas futuras. O si veremos en breve sus planillones andando.

FP, por supuesto, ha sentido en el mototaxi el golpe de este desborde por una, digamos, derecha pretendidamente más moderna. Y sobre todo siente lo que significa darle en la línea de flotación al proyecto político de Keiko, que todavía apunta hacia un partido más estructurado y no sólo centrado en la figura paterna y el apellido perdurable.

No es casual, asimismo, que los más enfurecidos con Kenji sean los neo-fujimoristas, como Daniel Salaverry o Úrsula Letona, que aspiraban a crecer bajo el ‘keikismo’. Quebrado ese proyecto por dentro, su cancha se reduce. Si además continúa la sangría de la bancada inicial, es probable que a mediano plazo veamos más furia naranja.

¿Es realmente moderno Kenji Fujimori? Responder eso pasa por no olvidar el fuerte vínculo que tiene con su padre, y todo lo que eso puede gravitar en su formación y en sus eventuales prácticas políticas, si es que llegara al poder. Una figura política patriarcal, dinástica, no se perfila como lo más novedoso para este siglo XXI.

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