Raúl Tola

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“Con ‘Hasta perder el aliento’, sus lectores pueden disfrutar otra dimensión de Niño de Guzmán: la del intelectual erudito, animado e insaciable”.

“Ese vicio impune, la lectura”. Esta máxima de Valery Larbaud, que se repite varias veces en sus primeras páginas, es el punto de partida de “Hasta perder el aliento: Cuaderno de letraherido”, donde Guillermo Niño de Guzmán reconstruye, con su particular sensibilidad, su oceánica cultura y su prosa repujada, su largo y cada vez más apasionado recorrido como lector y escritor. “Cuando uno lee, asume, aunque sea de manera vicaria, una variedad de roles y comportamientos que le son ajenos en su devenir cotidiano, restringido por las limitaciones inherentes a la condición humana”.

Como explica, el libro nació en 1997, cuando vivía en Francia, tenía encargada la traducción de una novela poco conocida de André Malraux y, por problemas con la batería de su computadora, comenzó a trabajar en un cuaderno de notas. La traducción fue avanzando pero, al poco tiempo, el escritor se descubrió haciendo otro tipo de anotaciones, cada vez más diversas.

Comenzaron a aparecer citas de las abundantes lecturas que pasaban por sus manos (libros, periódicos o revistas); toda clase de reflexiones sobre literatura; anécdotas de los artistas que le interesaban; apuntes de jazz; confesiones literarias y alguna traducción, como poemas de Denis Johnson o “La educación de Mr. Bumby”, una maravillosa historia sobre la relación de Hemingway con su hijo mayor, que en sucesivas ediciones ha sido omitida e incluida en “París era una fiesta”.

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Al final de aquellas páginas emborronadas en bares, cafeterías, bibliotecas, parques y hoteles sobrevivieron estos fragmentos caprichosos, que integran un delicioso artefacto a mitad de camino entre la bitácora de viaje, la crítica literaria, la biografía y el volumen de memorias, territorios que, con otros formatos e intenciones, Niño de Guzmán visitó en el pasado en “La búsqueda del placer” o “Relámpagos sobre el agua”.

Amigo entrañable desde hace casi veinte años, compañero “de correrías literarias y no tan literarias”, como él mismo dice, a Guillermo Niño de Guzmán me atan un afecto y una admiración intelectual que han crecido exponencialmente cada vez que, saliendo de sus prolongados silencios de orfebre de la palabra, ha publicado libros como “Caballos de medianoche”, “Una mujer no hace un verano” o “Algo que nunca serás”, fundamentales para la historia del relato breve peruano. Con “Hasta perder el aliento”, sus lectores pueden disfrutar otra dimensión de Niño de Guzmán: la del intelectual erudito, animado e insaciable, conversador cargado de citas, anécdotas y meditaciones, dueño de una mirada chispeante, curiosa y aguda del mundo, del que nos rodea y de aquel que anida en las páginas de aquellas ficciones indispensables, que nos proyectan y redondean como seres humanos.