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Volvieron las sonrisas a pelo

“Es interesante, viendo el lado poético del asunto, si se quiere, observar los ojos de las gentes, leerlas a través de las miradas, comprobar cómo los ojos pueden decir tanto, aunque siempre me supo a muy poco. Respeto a las personas que prefieren seguir usando cubrebocas, ya sea por necesidad, por elección o, lo más noble, porque...”

Ya la vida era lo suficientemente complicada y tediosa como para agregarle el uso de mascarillas y la muestra de un carné de vacunación. Muy al margen de la mortalidad que nos trajo el Covid-19, que debe ser lo más importante para reflexionar, tener que cubrir el rostro, usar una especie de preservativo ante la vida, ante el mundo, ante el prójimo –por mandato– es una circunstancia cuyo fenecimiento recibo con muchísima alegría.

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Es interesante, viendo el lado poético del asunto, si se quiere, observar los ojos de las gentes, leerlas a través de las miradas, comprobar cómo los ojos pueden decir tanto, aunque siempre me supo a muy poco. Respeto a las personas que prefieren seguir usando cubrebocas, ya sea por necesidad, por elección o, lo más noble, porque quieren proteger a los demás y no tanto a sí mismos. Sin embargo, dejar de ocultar, por ejemplo, una sonrisa, es una verdad que a mí me hacía falta.

Ha sido duro, ha sido duro. Si salías de tu casa y te olvidabas la mascarilla, sonabas: o tenías que regresar o tenías que comprar una al paso, para poder existir fuera de tu domicilio y que la gente no te considere un anatema. Sí, un anatema. Ha sido duro que te hagan acordar usarla cuando te olvidabas de ponértela, ha sido duro caminar, apurar el paso, con menos aire, sentir que te falta el aire, la bruma de los lentes siempre empañados de aliento. Ha sido muy duro mirar a todos enmascarados, exudando su pavor al contagio, su incomodidad, su resignación por los ojos, las cejas, la frente, las arrugas. Horrible.

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Vivimos en alma propia esas series distópicas cuya trama nos cautiva, entretiene, siempre y cuando quede bien claro que somos nosotros los espectadores de un drama lejano y ajeno y no los protagonistas del propio, letal e insignificante. Por eso atraen tanto las noticias amarillas, ciertamente, por ajenas, como algunas mascarillas que han quedado flotando en nuestras casas, por si acaso. Tan amarillo el por si acaso. Y sí, algo morimos con esas benditas mascarillas.

Ellas solían ser blancas, al menos la estelar KN95 o la quirúrgica, cuyos nombres hasta memorizamos, sí, qué más da. Desde hoy vuelven las sonrisas visibles, desde hoy el rostro se libera, deja de guarecerse, va a pelo. Se acabaron los filtros de cadenas fibrosas, el velo sintético, la sharía indeseada de la fuerza mayor, la huella impune y roja de los elásticos en las orejas. Festival.