Marisa Glave

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“Pero lo más duro fue la muerte. Más de 200 mil compatriotas perdieron la vida. Más de 200 mil familias perdieron a una hija, un padre, una abuela, un hermano”.

La OMS afirma que la pandemia por el covid-19 está llegando a su fin. Esto no quiere decir que la enfermedad no exista, quiere decir que podemos convivir con ella ya que el nivel de daño que produce en los seres humanos se ha reducido considerablemente.

Desde hoy en el Perú podemos estar sin mascarillas en espacios abiertos y cerrados. Su uso será obligatorio únicamente en hospitales y en el transporte público. Volveremos a vernos cotidianamente los rostros, las miradas estarán acompañadas de las sonrisas.

Esta es una muy buena noticia. La decisión demoró, pero al fin llegó.

Nuestro país fue uno de los más afectados por esta pandemia, social y económicamente. Si revisamos los datos de PBI de la región, constataremos que, si bien todos los países reportan contracciones en sus economías, la del Perú es la más aguda. Realmente tocamos fondo.

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El golpe económico es similar al que vivimos tras la hiperinflación de fines de los años 80. Pero esta vez fue de golpe y sin anestesia. Sin ninguna señal que pudiera alertarnos. Cientos de miles de peruanas y peruanos literalmente se quedaron sin comer. La FAO sostiene que el Perú es el país con la más alta inseguridad alimentaria de Suramérica poscovid-19. Teníamos alrededor de 8 millones de personas en esta situación el 2019 y hoy son 16,6 millones de peruanas y peruanos con inseguridad alimentaria. El doble.

Y con el hambre avanzó también la pobreza. Llegamos a tener 30% de la población en situación de pobreza el 2020. Si bien el último reporte del INEI señala que el porcentaje descendió y hemos llegado a 25,9%, aún no alcanzamos el 20% en el que estuvimos el 2019, antes de la pandemia.

Pero lo más duro fue la muerte. Más de 200 mil compatriotas perdieron la vida. Más de 200 mil familias perdieron a una hija, un padre, una abuela, un hermano. Todos tenemos a alguien que se nos fue en este tiempo y nos duele. No pudimos llorarlos como se debía. No fue solo por el covid, pero igual los velorios estuvieron prohibidos. También los abrazos. El famoso distanciamiento social fue en realidad un congelamiento social.

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Hoy que podemos respirar libremente, sentir el frío en el rostro, rencontrarnos como se debe, no olvidemos lo que pasó. Lo que vivimos y sentimos. Las heridas están y las secuelas irán mostrándose. No hagamos como en otros episodios de nuestra historia, que buscando salir adelante pusimos una venda para no mirar atrás.

Necesitamos un balance responsable, de los serios límites de nuestros servicios públicos, en particular el de la salud. De la precariedad de nuestra economía, informal y sin aseguramiento. Y de la capacidad de organización de nuestra sociedad que, pese a las dificultades y el miedo, tuvo importantes acciones de solidaridad.

Tomasa, Rafo, Juan Fernando, Julio, Eliseo, hoy van conmigo en el corazón.