Diego García Sayán

Diego García Sayán

Atando cabos
Abogado y Magister en derecho. Ha sido ministro de Relaciones Exteriores (2001- 2002) y de Justicia (2000- 2001). También presidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Actualmente es Relator Especial de la ONU sobre Independencia de Jueces y Abogados. Autor de varios libros sobre asuntos jurídicos y relaciones internacionales.

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Vaciando el mar con un balde

“Hay una duplicación a nivel global de la demanda de cocaína en la última década. Que ha pasado de 10 a 21 millones de usuarios permanentes, especialmente en EE. UU. y Europa”.

Pasados 50 años desde que Reagan lanzó la llamada “guerra contra las drogas”, es evidente que la misma ha sido un completo fracaso. Pese a lo cual, sin embargo, se persiste en políticas equivocadas y sin sentido. Como queriendo demostrar “algo” aunque, en realidad, es como si quisiera vaciar el mar con un balde.

Tres asuntos ilustran bien sobre ese fracaso.

Primero, la duplicación a nivel global de la demanda de cocaína en la última década. Que ha pasado de 10 a 21 millones de usuarios permanentes, especialmente en EE. UU. y Europa. Poco o nada se está haciendo en campañas informativas para bajar ese crecimiento exponencial como se hizo, por ejemplo, contra la adicción a la nicotina.

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Segundo, el aumento de la producción de cocaína, lógica respuesta a ese mercado creciente. Llegó el 2019 a las 1,784 toneladas de producto con 100% de pureza. En esa vorágine de fortalecimiento del circuito consumo/producción se ha producido, sí, un aumento de incautaciones. Pero son triunfos pírricos pues lo incautado es ínfimo: 1.5 TM el 2019, por ejemplo. Una pizca de una producción que está cerca de las 2 mil toneladas.

Tercero, en conexión a lo anterior: aumentos récord en la productividad de cocaína por hectárea de coca. En Colombia, de acuerdo a informe de la ONU, por ejemplo, la producción pasó de 6.5 kg/ha el 2016 a 7.9 kg/ha el 2020. Crecimiento nada desdeñable del 23%. En un espacio territorial semejante al de hace 15 años se produce muchísimo más cocaína.

La telaraña articuladora de este proceso es, como se sabe, el crimen organizado. Ello se viene traduciendo en carteles transnacionales cada vez más poderosos e impunes. “Jalisco” o “Sinaloa” –mexicanos– o el “Clan del Golfo” –colombiano– que son solo la parte más visible del escenario.

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Las redes criminales muestran su extraordinaria capacidad de adaptarse a las nuevas condiciones. Por ejemplo, aumentando la producción y productividad durante la pandemia en Bolivia, Colombia y Perú. Asimismo, con la imparable diversificación y perfeccionamiento de las cadenas de suministro a regiones como Europa.

La predadora violencia contra líderes indígenas y defensores ambientales para convertir esos territorios en sembríos de coca para producir cocaína viene dejando ya centenares de muertos. Dentro del marco de absoluta impunidad prevaleciente, no hace sino anunciar más muerte y destrucción que se sumará a lo ya producido.

Las soluciones globales tienen conceptualmente muchos aspectos y aristas. Debieran involucrar el diseño de nuevos y más eficaces acuerdos internacionales, globales y regionales. Desde masivas campañas informativas para disminuir el consumo hasta niveles importantes –y no meramente formales– de cooperación internacional para el desarrollo alternativo en las zonas sembradas de coca.

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Pero es realista asumir que todo eso no ocurrirá; al menos en el corto plazo. Se hace necesario, por ello, acotar la agenda hacia aspectos más precisos y puntuales.

Por ejemplo, dentro de una agenda que es muy amplia se podría –debería– poner el énfasis en facilitar el acceso a los países de la OCDE de la producción generada en zonas de desarrollo alternativo de Colombia o Perú. Esa sería una de las respuestas más eficaces a la destrucción de la foresta amazónica para sembrar coca.

Y que, como lo viene planteando Devida en el Perú, se generen condiciones de mercado más eficaces, como un “bono” para esos productos en las plazas estadounidense o europeas. Ello podría estimular a optar seria y consistentemente por productos, hoy de difícil comercialización en un mercado que pide grandes volúmenes –hoy aún inexistentes– y precios muy bajos.

Toca revisar a fondo el camino recorrido que ha dejado en el camino solo crimen organizado, más producción y consumo de cocaína, destrucción del medio ambiente y el asesinato de centenares de ambientalistas y abogados vinculados a la protección del bosque tropical en Sudamérica.