Ramiro  Escobar

Ramiro Escobar

Meditamundo
Lic. en Comunicación y Mag. en Estudios Culturales. Cobertura periodística: golpe contra Hugo Chávez (2002), acuerdo de paz con las FARC (2015), funeral de Fidel Castro (2016), investidura de D. Trump (2017), entrevista al expresidente José Mujica. Prof. de Relaciones Internac. en la U. Antonio Ruiz de Montoya y Fundación Academia Diplomática.

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Y mientras tanto en Chile…

“Se puede intuir que el ‘No’ fue más bien, mayoritariamente, un ‘No apruebo esto, pero quizás sí esto otro. Depende’”.

En medio de la onda expansiva monárquica provocada por el deceso de la reina Isabel II, se ha esfumado un poco la importancia del proceso político chileno, el resultado algo inesperado del plebiscito, lo que eso significa para América Latina e incluso para el mundo. Algunas coronas y los profusos discursos nos han hecho olvidar que, en verdad, el pueblo es el verdadero soberano.

El que reina, el que decide, el que unge de poder a quienes gobiernan o desgobiernan. Siempre hay mediaciones, cabes y triquiñuelas, pero en el Chile reciente asomó esa posibilidad, cuando las calles comenzaron a rugir en el 2019 y luego alumbraron un proceso constituyente que asombró al mundo. Y que hoy está en profunda cuestión, pero no en ruta de inminente demolición.

La abrumadora victoria del ‘Rechazo’, por eso, no habría que leerla –de manera extraviada una vez más– como un triunfo ideológico. No ganaron las derechas, aun cuando algunas de ellas hoy se muestran exultantes y creen que, nuevamente, son las dueñas de la pelota. Y tampoco las izquierdas, que quedaron aplastadas por una vorágine popular con cuya astucia no contaban.

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Una explicación ya puesta sobre la mesa es que el voto ahora era obligatorio, lo que empujó a las urnas a una marea de ciudadanos que habitualmente desprecian la política. ¿Son todos ellos unos antiderechos, unos ‘fachos’ desubicados como se ha insinuado desde parte de las huestes vencidas? La soberbia siempre es una pésima consejera, en la vida y sobre todo en la política.

En los entresijos de esa enorme burbuja que arropó al ‘Rechazo’ y lo hizo triunfar, quizás se respiraba ese desencanto con los que mandan, ya sean viejos o nuevos (como los de la ‘Convención Constitucional’), esa distancia a veces sideral con los ‘tomadores de decisiones’. Que frecuentemente creen saber “lo que el pueblo quiere” a partir del pedacito que conocen.

Los indígenas chilenos, especialmente los indómitos mapuches, votaron en contra de una Constitución que, en el texto, les iba a dar más autonomía, más derechos. ¿No los querían? Por supuesto que sí, pero quizás se olvidó, como ocurre con penosa frecuencia incluso en el Perú, que los pueblos originarios aspiran a un orden, que no es el nuestro, pero no a que se lo impongan.

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¿Se pierde todo con esta suerte de hecatombe electoral? El sueño conservador y reaccionario es que este sea el fin, que Chile vuelva a ser lo que siempre fue y que los cambios sociales queden pulverizados, para que los progresismos escarmienten. Sin embargo, se puede intuir que el ‘No’ fue más bien, mayoritariamente, un “No apruebo esto, pero quizás sí esto otro. Depende”.

Unas líneas que, siendo para todos los chilenos, no rechacen la aspiración por una mayor igualdad, por más derechos para todos y todas, por una sociedad más sostenible y menos plástica. El Congreso y el Ejecutivo ahora tendrán que encontrar una ruta en las anchas alamedas de Santiago, que acojan ese sentimiento y lo expresen con humildad, sin estridencias y con justicia.