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Acoso

“Hace unos días salió la sentencia en primera instancia señalando que no era una broma, que el acoso que sufrí sí era un delito. Agradezco a César Azabache y a su equipo por acompañar y sostener esta denuncia”.

El que, en forma reiterada, continua o habitual, y por cualquier medio, vigila, persigue, hostiga, asedia o busca establecer contacto o cercanía con una persona sin su consentimiento, de modo que pueda alterar el normal desarrollo de su vida cotidiana, será reprimido con pena privativa de libertad. Eso dice hoy nuestro Código Penal.

No lo decía hace cinco años. Las mujeres que sufrían distintas modalidades de acoso, incluidas las que se realizan valiéndose de tecnologías de la información o comunicación, no podían hacer mucho frente a quienes las asediaban. La sociedad asumía este acto violento como algo “normal”. Era tolerado, incluso celebrado.

Cuando existía una reacción en contra del hostigamiento por parte de la víctima, los agresores solían señalar que era una broma o un ejercicio de galantería. Si esto la incomodaba, alteraba su vida cotidiana o la forzaba a asumir conductas diferentes a las que quisiera para evitar el acoso, no importaba. En parte la sociedad toleraba este tipo de comportamientos porque, desde la lógica patriarcal machista, las mujeres deberían estar en casa, en el espacio privado, protegidas y guardadas. Una mujer que sale al espacio público, al trabajo, a la calle, se “expone” pues está donde no debiera estar.

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La incorporación de este delito, en sus diversas modalidades, en el Código Penal no fue fácil. Aún recuerdo los debates previos y la resistencia de muchos parlamentarios, señalando que “las mujeres se estaban volviendo muy serias y que ya no se permitían las bromas”. La aprobación se dio tras la muerte de Eyvi Ágreda. Un caso muy extremo y muy doloroso.

Pero la aprobación de este tipo penal abrió las puertas para que muchas mujeres, varias en espacios públicos, pudieran denunciar con claridad el asedio, pedir medidas de protección e incluso iniciar procesos penales. Nunca pensé, cuando formé parte del debate inicial sobre la tipificación del delito de acoso, que yo misma terminaría usando esta herramienta legal para buscar protegerme.

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El 2019 empezó para mí con la difusión de una foto mía tomada en un espacio privado, sin ningún contenido político ni relacionado con ningún evento de carácter público. Foto publicada en un portal de noticias Manifiesto y en un periódico, Expreso. La difusión de esa foto fue la gota que derramó el vaso. No era solo ese evento, era un acumulado de publicaciones hechas tanto por esos medios como en las redes personales de un periodista que, usando su acreditación en el Parlamento, hacía un seguimiento a mis acciones cotidianas.

Aceptarse como una víctima no es fácil. Menos para quienes nos consideramos mujeres fuertes. Me costó hacer esta denuncia. Recién hoy logro escribir.

Hace unos días salió la sentencia en primera instancia señalando que no era una broma, que el acoso que sufrí sí era un delito. Agradezco a César Azabache y a su equipo por acompañar y sostener esta denuncia.