Antonio  Zapata

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Historiador, especializado en historia política contemporánea. Aficionado al tenis e hincha del Muni.

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Blancos e indios

“Con la presidenta del Congreso, el problema no es su frase, sino que dirige una institución con 80% de desaprobación porque es una maquinaria antiderechos”.

Las declaraciones de la presidenta del Congreso han reabierto un viejo debate sobre la identidad étnica del país. Aunque defendió la representación del Parlamento por encima de la etnia de cada cual, levantó polvareda al hablar de blancos e indios y emplear conceptos del pasado virreinal.

Pero es un hecho que en el Perú de hoy vivimos una explosión de identidades étnicas y que muchas personas valoran su condición indígena. Por ello, en el último censo, el 25% de la población se reclamó quechua o aymara; han reaparecido linajes que se creían desaparecidos en el torrente del mestizaje. Gracias a ello, ha retornado el concepto de “indio” y no necesariamente en forma despectiva, sino con orgullo de algunos y respeto de muchos.

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Este proceso de valorización de la identidad étnica no es tan antiguo. Originalmente fue una bandera progresista nacida en los países desarrollados del primer mundo, donde se reconoció la diferencia para incorporar a los migrantes provenientes de África y América Latina. A continuación llegó a nosotros y se hizo sentido común en las izquierdas que postularon los beneficios de la diversidad. La heterogeneidad había abierto su camino.

En su tránsito hacia la hegemonía intelectual, la valoración de la diferencia tuvo que enfrentar al antiguo paradigma: el mestizo. En efecto, anteriormente se pensaba que el Perú debería transformarse en mestizo al 100%. Se creía que el ideal de toda nación consistía en la fusión de raza y Estado nacional. Después de descartarse la ilusión en blanquear la población con migrantes europeos, se aceptó que el futuro peruano sería mestizo. Se hablaba de la raza peruana y se señalaban tareas para “perfeccionar sus virtudes y desechar sus taras”. Pero el ideal del mestizo duró menos de cien años y perdió aliento a finales del siglo XX.

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Como vimos, los nuevos vientos llegaron de fuera, pero coincidieron con un hecho capital en la historia peruana: la guerra senderista. En efecto, las víctimas de este conflicto fueron mayoritariamente jóvenes quechuahablantes. En esa guerra como en todas las que han asolado nuestra historia, los indígenas fueron los perdedores al ser enrolados por ambas partes para combatir como carne de cañón: tropa senderista o rondero.

El viejo ensayo de Mariátegui sobre el problema del indio mantenía su vigencia en el Perú de los ochenta y, mientras se opacaba el mestizo, reapareció con fuerza el indigenismo. No estaba desaparecido, se mantenía refugiado en provincias, donde había articulado un discurso sobre la nación chola contrario a la cosmopolita Lima. Incluso el discurso homogenizador del mestizo había afirmado lo marrón y provinciano como alternativa a las élites supuestamente blancas.

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En efecto, hubo diversas acepciones del mestizo, pero todas compartían un propósito integrador. Hoy en día, ese objetivo está desdibujado. Aunque se acepta la diversidad –de boca para afuera lo aceptan casi todas las corrientes–, se sigue discriminando y el racismo está más fuerte que nunca.

Mientras que la construcción de la nación requeriría una diversidad acompañada por tolerancia y voluntad de compartir anhelos y esperanzas. Sin embargo, el Perú es un país de disputas agrias y violentas, el reino de la polarización. Hace tiempo desapareció el propósito de Sendero de implantar una sociedad comunista por la violencia, pero esta ha quedado ahora abonada por la falta de reglas. Lo nuestro es diversidad con violencia y discriminación para hacer plata como sea, aún a costa de los demás.

Por ello, es buena idea que existan instituciones que representen a todos y que nos permitan seguir llamándonos nación. Con la presidenta del Congreso, el problema no es su frase, sino que dirige una institución con 80% de desaprobación porque es una maquinaria antiderechos, enemiga de las pocas reformas que subsistían.