Maritza Espinoza

Maritza Espinoza

Periodista por la UNMSM. Se inició en 1979 como reportera, luego editora de revistas, entrevistadora y columnista. En tv, conductora de reality show y, en radio, un programa de comentarios sobre tv. Ha publicado libro de autoayuda para parejas, y otro, para adolescentes. Videocolumna política y coconduce entrevistas (Entrometidas) en LaMula.pe.

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El deber de responder

“... Y hay que ser muy cínico, corrupto o autoritario, para pensar que no debes rendir cuentas a quien te paga el sueldo”.

Cuando un político se niega a responder a un periodista —sea el mismísimo presidente de la República o aquel olvidable congresista que, hace unos días, dijo que no daba una entrevista a Jaime Chincha porque no lanzaba “preguntas sino consignas”—, lo que está haciendo es demostrar un absoluto desprecio por la opinión del público (poco o mucho) que sigue a este periodista y a su medio.

Esos políticos parecen no haber entendido que los periodistas somos solo intermediarios entre ellos y la gente a la que llegamos. No estamos para agradarles con nuestras preguntas ni para ser el pasivo oyente de una perorata autobombística. ¡Ya quisieran!

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Con esto no niego que pueda haber periodistas con agenda e, incluso, fines innobles —y su oyente, lector o televidente debe dilucidarlo—, pero una entrevista no es un favor de aquel que maneja una porción de poder, al periodista o al medio, sino el reconocimiento del derecho de la gente a oír explicaciones.

Repito: hay medios y periodistas con intereses nefastos y manifiestos (no es el caso de Chincha, respetable colega que recibe golpes de todos lados), pero eso no involucra ni ensucia a su público que, equivocado o no, está compuesto por una porción de la ciudadanía a la que nadie puede ignorar.

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Eso es algo que, desgraciadamente, no entiende, por ejemplo, Pedro Castillo, que sigue esquivando preguntas impostergables como si es verdad o no que recibió 50 mil dólares de manos de Zamir Villaverde, o con qué autorización su cuñada fue a ofrecer obras de la mano con un contratista o si pueden las rondas campesinas violar derechos fundamentales.

A final de cuentas, tenga el cargo que tenga, un político es solo un empleado de cada ciudadano que paga su sueldo con sus impuestos. Y hay que ser muy cínico, corrupto o autoritario, para pensar que no debes rendir cuentas a quien te paga el sueldo. Y, encima, escabullirte con el falso y socorrido disfraz del perseguido político.