Mirko Lauer

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Observador
Un poemario cada tantos años. Falso politólogo. Periodismo todos los días. Natación, casi a diario. Doctor por la UNMSM. Caballero de la Orden de las Artes y las Letras, Francia. Beca Guggenheim. Muy poco twitter. Cero Facebook. Poemario más reciente, Sologuren (3ª edición Huerga & Fierro, Madrid). Próximo poemario, Las arqueólogas, en setiembre.

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Ruleta diabólica, por Mirko Lauer

“Da, pues, la sensación de que dentro de poco tiempo deshacerse de Castillo puede terminar siendo el menor de los problemas. El mayor será cómo evitar que el sistema electoral vuelva a actuar como una ruleta diabólica donde la bolita siempre se posa sobre lo peor”.

A medida que la situación de Pedro Castillo se hace más frágil, las ideas sobre su reemplazo se vuelven más angustiantes. La idea que cualquier cosa mejor que el torpe sindicalista chotano se ha ido relativizando. No es que Castillo haya mejorado, sino que sus enemigos no han demostrado ser mejores políticos.

La situación está más o menos así: cada vez más gente quiere que Castillo se vaya, pero a la vez esa partida no es vista como una solución. Es razonable encontrar primero el reemplazo, y luego proceder a la expulsión. Pero no es así como funcionan las cosas en política. Cuando hay crisis todo cambio, incluidos los electorales, es un salto al vacío.

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Alguien dirá que los opositores están contando sus polluelos antes de que estos hayan salido del cascarón. Es cierto que la salida de Castillo se ve cada día más probable y más próxima. Pero eso puede ser una ilusión óptica. Pues es sabido que los congresistas evitarán toda fórmula que los deje también a ellos sin trabajo.

Lo que viene sucediendo es que la crisis de partidos es al mismo tiempo una crisis de dirigentes. El derechista ideal capaz de cambiar el tempo de estos tiempos de falso poder izquierdista no ha nacido todavía. Tampoco hay un político de centro capaz de ganar puntos significativos en un electorado polarizado y polarizante.

De modo que estamos entre Keiko nunca más y Castillo nunca más, y a la vez sin un espacio de compromiso donde colocar nuestras simpatías políticas. Castigar a Castillo por sus limitaciones no es en sí mismo una solución (¿qué perverso influencer lo convenció de que podía dar la talla para presidente?).

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Entonces estaría bien adelantar las elecciones, pero siempre y cuando se pueda adelantar también la búsqueda de alternativas políticas mejores que aquello que se desea dejar atrás. Lo cual puede significar nuevos partidos, y también relanzamientos serios de algunos antiguos. Sería muy útil que se apagaran los partidos de alquiler, nidos de corrupción.

Da, pues, la sensación de que dentro de poco tiempo deshacerse de Castillo puede terminar siendo el menor de los problemas. El mayor será cómo evitar que el sistema electoral vuelva a actuar como una ruleta diabólica donde la bolita siempre se posa sobre lo peor.