Maritza Espinoza

Maritza Espinoza

Periodista por la UNMSM. Se inició en 1979 como reportera, luego editora de revistas, entrevistadora y columnista. En tv, conductora de reality show y, en radio, un programa de comentarios sobre tv. Ha publicado libro de autoayuda para parejas, y otro, para adolescentes. Videocolumna política y coconduce entrevistas (Entrometidas) en LaMula.pe.

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Otorongos, namasté

“Tal vez por eso nuestros viajeritos decidieron alcanzar su nirvana personal en la Tierra, yéndose de paseo a la India, no sin antes poner los ‘parches’ burocráticos”.

No sabemos si alguno de los tres jóvenes congresistas que posaban muy orondos frente al Taj Mahal en plena semana de representación (aquí) tendrá idea de lo que es el karma, ese concepto hinduista que se refiere a hacer las cosas de la manera correcta, lo que, finalmente, determina el karma que, a su vez, define en qué reencarnará cada ser humano en la siguiente vida.

Porque el karma no es, como piensan algunos, un premio o un castigo definitivo ni el resultado de un juicio final en el que sale un José Domingo Pérez celestial acusándote ante el juez supremo que te sentenciará al cielo o al infierno. No. Lo maravilloso y terrible del hinduismo es que el individuo, solito, es quien determina su próximo destino. Puede volver a otra vida humana, que viene a ser algo así como un estado intermedio; pasar a un estado superior, el de dioses; o involucionar a un estado inferior, uno de los llamados “destinos funestos”, entre los cuales está la posibilidad de encarnar en un animal.

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Quienes encarnan en animales la tienen difícil para sus futuros destinos, porque, por el bajo nivel de conciencia, puede que pasen por miles de vidas antes de que puedan corregir errores y construir un karma que les permita alcanzar un estado superior y, por tanto, el anhelado nirvana, donde cesan todos los sufrimientos.

Tal vez por eso nuestros viajeritos decidieron alcanzar su nirvana personal en la Tierra, yéndose de paseo a la India, no sin antes poner los “parches” burocráticos para que su conducta pasara piola y no llegara a ser legalmente cuestionable, lo que demuestra que lo hicieron con plena conciencia y premeditación.

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Pero el karma es implacable. ¿En qué reencarnará un congresista (es decir, un funcionario público pagado con dineros del Estado) que se va de viaje de placer en plena pandemia, abandonando funciones y responsabilidades? Hummm… No lo sé. Pero puede que, en medio siglo, haya tres jóvenes otorongos más trotando por algún depredado bosque de Madre de Dios.