Eloy Jáuregui

Eloy Jáuregui

Animal urbano
Cronista, poeta y profesor en la Universidad de Lima. Estudios en Lingüística y periodismo. Editor en la mayoría de los medios peruanos y corresponsal en revistas del extranjero. Autor de una treintena de libros sobre comunicación, lenguajes alternativos y culturas urbanas. Con premios en Casa de la América y Prensa Latina (Cuba) y Etecom-Perú.

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Los muertos profundos

“Los peruanos estábamos tan acostumbrados a los asesinatos civiles como que el genocidio de Accomarca pertenece a ese evento que los lugareños han llamado ‘guerra sucia’ y hoy queda como un pasaje inadvertido...”

Accomarca me lacera y me avergüenza. Y la masacre cometida por las Fuerzas Armadas, peor. Y debo recordar. Hace 37 años, el 14 de agosto de 1985, aproximadamente 25 soldados a la orden del subteniente Ejército Peruano Telmo Ricardo Hurtado y del teniente Juan Rivera llegaron a Accomarca y reunieron a los pobladores en la plaza. La orden fue la de eliminar cualquier vestigio de la llamadas “escuelas populares” –núcleo de formación de los militantes de Sendero Luminoso–. Así, separaron a hombres, mujeres y niños para dirigirlos a tres viviendas a las que lanzaron granadas y las incendiaron.

El 1 de setiembre del 2016, el veredicto judicial condenó a una decena de militares peruanos a penas entre 23 y 25 años por la matanza y determinó que se trató de un crimen masivo con crueldad y desprecio contra civiles, calificándolo como una grave violación de los derechos humanos. Y el tiempo pasó y recién este 19 de mayo, los médicos forenses del Ministerio Público hicieron entrega de 37 restos a las familias de las víctimas.

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La noticia pasó inadvertida. Hoy más interesa en el Perú los casos de Zully Pinchi o de Paolo Guerrero. Porque, como dice Aldo Mariátegui, es de cholos recordar a nuestros muertos. Que de las 69 ejecuciones extrajudiciales donde una veintena de los asesinados eran niños, todo serrano es terruco. Bien, gracias a abogados Gloria Cano y Carlos Rivera, la entrega de los restos a las familias de las víctimas es solo uno de los pasos en el largo camino de la comunidad por alcanzar una reparación y justicia en uno de los más graves casos de violaciones de derechos humanos.

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A mediados de la década de los ochenta, escuchar en Ayacucho de fosas comunes y del primer ‘niño bomba’ era un asunto de mera cifra estadística. Los peruanos estábamos tan acostumbrados a los asesinatos civiles como que el genocidio de Accomarca pertenece a ese evento que los lugareños han llamado “guerra sucia” y hoy queda como un pasaje inadvertido y no forma parte de la conciencia de un país que se desangró con un resultado increíble: 69 mil peruanos asesinados.

Señoras y señores, país que no recuerda a sus víctimas tiene el destino de regresar a la barbarie. Hace un tiempo la Sala Penal al sentenciar al general Wilfredo Mori y al subteniente Telmo Hurtado afirmó que se trató de un crimen masivo con crueldad y desprecio contra civiles. Este es mi país y no les miento.