Cecilia Méndez

Cecilia Méndez

Chola soy
Historiadora y profesora principal en la Univ. de California, Santa Bárbara. Doctora en Historia por la Universidad del Estado de Nueva York, con estancia posdoctoral en la Univ. de Yale. Ha sido profesora invitada en la Escuela de Altos Estudios de París y profesora asociada en la UNSCH, Ayacucho. Autora de La república plebeya, entre otros.

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“Puede ser deshonesto, pero…”

“El solo hecho de que no se haya citado referencia alguna en más de la mitad de la tesis la invalidaría en cualquier universidad que se respete”

Cuando durante la segunda vuelta electoral me empeñé en defender al candidato Castillo de una brutal campaña macartista, racista y mendaz para destruir su candidatura, tuve algunos encontronazos con mi familia, que me llevaron a salirme de un grupo de primas de WhatsApp. En otra oportunidad, una de mis hermanas me colgó el teléfono. Ella acusaba a Castillo de “comunista” y de “ignorante”, y mi respuesta fue algo así como: ¿sabías que “ignorante” ha sido históricamente un eufemismo racista para “indio” en el Perú, y que el tener habilidades poco usuales para un presidente, como cultivar la tierra, no lo hace ignorante? ¿Sabías que Castillo tenía estudios superiores, ¡una maestría!, lo que tú no? A lo cual mi hermana retrucó con sorna: “una tesis se compra”. No se qué le habré respondido, pero en un momento me di cuenta que yo estaba hablando sola.

Las recientes revelaciones de que Castillo y su coautora y esposa, Lilia Paredes, habrían plagiado más de la mitad de su tesis de Maestría, que suman a la ya proverbial historia de mendacidad y cuestionables credenciales éticas del presidente, me han traído a la mente esa conversación con mi hermana. Qué triste y qué trágico comprobar que, en parte, tenía razón. De todas las veces que el presidente ha mentido, esta es probablemente la más violenta y dañina para el país. Porque si bien los peruanos estamos acostumbrados a ser engañados por nuestros políticos, que suelen candidatear con un programa para gobernar con el de su rival, y Castillo no es una excepción, en su caso la injuria es doble. Porque se trata de un político que apeló a su condición de maestro rural para venderse como un “candidato del pueblo”, y que decía defender la educación como un derecho, con un enorme lápiz como símbolo. Qué triste y vergonzoso que lo que va demostrando hasta ahora son menos las destrezas de un maestro que las de un político cínico, el de la criollada para sacarle la vuelta a la ley, confirmando los peores prejuicios.

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¿Cómo se sentirán las maestras y maestros que se han ganado sus títulos con su esfuerzo honesto, y sus alumnos? Porque es a ellos, a ese pueblo que Castillo dice favorecer y pretende representar a quienes esta nueva estafa presidencial, de comprobarse, estaría infligiendo el peor daño. ¿Y qué clase de alumnos puede formar un maestro que viola la regla numero uno de cualquier trabajo académico, como es la honestidad intelectual?

Cierto es, existe una investigación en curso. Pero las evidencias de plagio (entre otros problemas de certificación de la investigación) son, al momento, elocuentes, y nada gana el abogado Eduardo Pachas con desacreditar la investigación periodística que las sacó a la luz, con el insostenible argumento de que la tesis no vale porque le “falta un sello”, cuando la propia UCV ha confirmado que es copia oficial. El solo hecho de que no se haya citado referencia alguna en más de mitad de la tesis la invalidaría en cualquier universidad que se respete, y la UCV va a tener que responder por eso. Pero ello no exime de responsabilidad a la pareja presidencial, porque hasta el propio Pachas, en una serie de contorsiones lingüísticas destinadas a declarar inimputable al presidente, ha admitido dos veces frente al periodista Jaime Chincha, que “puede ser deshonesto, pero...”, en alusión algún supuesto argumento jurídico que suena más a tinterillada.

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El problema de fondo no es, obviamente, Pedro Castillo. Castillo es la epidermis, el producto mismo de un sistema educativo que promueve la proliferación de universidad bamba por afán de lucro, al abrigo de las leyes “desreguladoras” del fujimorismo, que convirtieron lo que debería ser un derecho en un negocio, un paradigma que el candidato Castillo ofreció cambiar. Lejos de ello, y aquí viene la ironía, su partido, PL, ha votado abrumadoramente con sus supuestos contrarios ideológicos en el Congreso, para destruir la reforma que ya estaba empezando a cambiar este estado de cosas, para no mencionar otra ley sobre educación, también aprobada con el aval abrumador de PL, que nos vuelve al oscurantismo más obtuso. Castillo ha dicho que impugnará la primera ley. ¿Le creemos? ¿O será un recurso manipulatorio más, como fue el del referéndum constituyente, sacado de la manga en el momento de su mas baja popularidad y de evidente derechización de sus políticas? Teno razones para dudarlo, pero no dejaré de exigirle que rinda cuentas. Y lo discutiré con mi hermana, también.