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Las campanas doblan por ti, por José López Luján

“Donne nos diría: cuando doblan las campanas de la deficiencia educativa y la descomposición política, no preguntes por quién doblan, doblan por ti”.

Por José López Luján, poeta y ensayista

No podemos deplorar la deficiencia educativa de nuestros funcionarios ni execrar su vileza, como si fuésemos observadores impolutos desde una altura salvadora, porque no podemos esquivar responsabilidad en una crisis en la que todos, de una u otra forma, hemos puesto nuestro terrón de arena. Todos.

Porque la escasa competencia en comprensión, elaboración y expresión, verbal o científica, de muchos de nuestros profesionales no es nueva, y todos lo hemos sabido siempre. Y que dentro de ese grupo siempre hay quienes más o menos ingenuamente se autoengañan, pero también quienes fatuamente se perjuran doctos (los más vociferantes a la hora de vituperar la ignorancia de los otros), lo vemos todos los días.

Asimismo, la corrupción no es, ni nunca fue, un fenómeno aislado o hermetizado entre “esos pillos y oportunistas que rodean el poder”. No se trata solo de que podamos aceptar haber incurrido alguna vez en “cierta coimilla, seguramente confesable”: por conveniencia o debilidad, soslayamos (y así, aunque sea mínimamente colaboramos con) algunas colusiones y pillerías, a veces ni tan pequeñas ni tan confesables. Y no nos salva el subterfugio de lamentar la ‘ineluctable imperfección humana’. Sabemos que la suma de esos deslices llega a normalizar la corrupción.

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Pero, cómo hemos coadyuvado en este lamentable descalabro educativo y ético de nuestra sociedad, si tampoco es justo, ciertamente, igualar a todos en el mismo saco ni exigir heroísmos o inmolaciones. Como dice en su poema John Donne, la disolución de lo más alejado nos empequeñece, la caída de cada hombre nos disminuye.

Esa vez que dejamos de leer sobre debates curriculares en Ugeles de provincia y pasamos a ver la Champions o The Wire, nos estábamos incapacitando para comprender el fracaso de los postulantes de esa provincia en universidades de Lima, y acaso para criticar sus mañas de ingreso. Desde cuando no corregimos al anónimo interlocutor hasta cuando transigimos ante gremios venales solo para no malograr una posible convocatoria de sus matrices, estuvimos restando nuestra parte en este balance que hoy abominamos.

Abominamos también el callejón sin salida en el que nos debatimos en cada elección. “Entre el sida y el cáncer”, es la imagen que usamos para graficar las opciones que encaramos cada cuatro o cinco años. Pero esta situación de indigencia de nuestro espectro político, que nos fuerza en cierto sentido a debatirnos entre la Escila de la incompetencia y la Caribdis de la corrupción, ¿no se debe también un poco a nuestra insensatez y un mucho a nuestra defección cívica?

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Porque postergar con acrobacias aprensivas nuestro turno en la directiva del edificio, del comité barrial, de la Apafa y similares (con el añadido de legar esta indolencia a nuestros hijos que nos observan, y perpetuar así la anomia) no es siquiera fallar en nuestra dimensión política, sino cívica. Ilusionarse luego con un cambio es esperar que nos lluevan buenos políticos sin merecerlos. Una mejora sustancial no se logrará con que reservemos media hora al día a rabiar frente a los noticieros y los quioscos.

Tampoco con el otro extremo de exigirnos militancia y activismo a tiempo completo para todos. Pero podríamos ir una hora a la semana a los locales sectoriales de algunos partidos políticos, sin comprometer simpatía o militancia, y apreciar y opinar sobre su ideario, organización, formación de cuadros jóvenes. Así será tal vez más probable que los partidos subsanen sus terribles déficits como entes de representación.

No enterarse, visibilizar ni participar mínimamente frente al problema de la educación de la gran masa, que luego vota y pone así en el poder a ese problema, nos hace partícipes de ese voto. No cumplir mínimos roles cívicos ni políticos, nos hace promotores de los indeseables. Donne nos diría: cuando doblan las campanas de la deficiencia educativa y la descomposición política, no preguntes por quién doblan, doblan por ti.

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