Antonio  Zapata

Antonio Zapata

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Historiador, especializado en historia política contemporánea. Aficionado al tenis e hincha del Muni.

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El primero de mayo

“En estos tiempos grises, cuando se ha devaluado la palabra, es necesario ser crudo y poner el acento en la crisis moral que vivimos. Pero, en forma paralela, toca renovar esperanzas”.

Las transformaciones en el mundo del trabajo le han restado importancia a la celebración del 1° de mayo. La informalidad y el sector servicios son poco propensos para la organización sindical. Por ello, conforme este fenómeno se generalizó en el Perú fue declinando la fiesta del trabajo. Pero, aún conserva bastante capital simbólico que podría ampliar su convocatoria.

El origen de la conmemoración se halla en el movimiento obrero de los EE. UU., que fue militante desde el siglo XIX hasta el macartismo durante la Guerra Fría. Luego, nos hemos acostumbrado a un EE. UU. sin movimientos socialistas, pero antes existían y habían sido importantes. El año 1886 una huelga general en Chicago culminó en enfrentamientos, masacre y prisión de los líderes. A partir de entonces se celebró la fecha representando al trabajo organizado y consciente.

El liderazgo era anarcosindicalista, un movimiento paralelo al primer marxismo, que tuvo gran influencia entre los trabajadores de medio planeta. En efecto, los obreros de esa época abrazaron esa ideología en los países mediterráneos de Europa, Asia y las Américas, tanto en Norte como en Latinoamérica. A EE. UU. y Argentina la llevaron los inmigrantes italianos y de ahí se expandió por México y Sudamérica.

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Sus ideas eran sencillas y directas. Eran anarquistas porque pensaban que el Estado era el gran enemigo de la humanidad. Sostenían que era esencialmente corrupto, que no cabían reformas sino directamente su abolición. Por ello, no debería haber gobierno ni funcionarios públicos ni policía, menos ejército. Otro enemigo era la Iglesia, que difundía una ideología conformista y espíritu de subordinación. Por ello, también debería ser eliminada y los sacerdotes engrosaban la lista de funciones que no existirían en una sociedad ideal.

En efecto, tenían una utopía. Una vez desaparecido el Estado, la población se organizaría en comunas libres y autogestionarias, que establecerían relaciones directas entre sí. Ese tejido social y económico daría pie a un mercado universal e igualitario, sin fronteras ni aduanas ni pasaportes. El mundo ideal implicaba absoluta libertad de pensamiento y de movimiento, cada cual podía decir lo que guste y establecerse donde prefiera.

Pero, ¿cómo conseguirlo? Ahí venía la segunda parte del nombre: sindicalismo. Una huelga general a escala mundial derrumbaría al capitalismo y haría triunfar el anarquismo. Para propiciar esa huelga había que organizar sindicatos y luchar por una consigna internacional: la jornada de las 8 horas.

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Al Perú llegó treinta años después de los sucesos de Chicago. Aunque tarde, la ocasión fue muy importante, porque González Prada escribió uno de sus discursos doctrinarios fundamentales. Era el 1° de mayo de 1906 cuando los panaderos de Estrella del Perú organizaron una actividad donde un orador leyó el discurso del intelectual y el obrero. Según su argumento, el trabajo manual y el intelectual son los heraldos de la libertad, a condición que entiendan que se hallan en pie de igualdad y que ninguno aspire a dominar al otro.

El discurso está publicado en “Horas de lucha” y la segunda parte conserva bastante actualidad. Trata sobre los temores de la elite ante la protesta popular. Vincula esos miedos a las injusticias. Ellas motorizan un deseo de venganza que surge del estómago de la multitud. Es la Voz del Hambre, como se titulaba uno de sus periódicos. Pero había solución, consistía en un diluvio de justicia y libertad. Estudiantes y trabajadores serían los protagonistas de ese tsunami.

En estos tiempos grises, cuando se ha devaluado la palabra, es necesario ser crudo y poner el acento en la crisis moral que vivimos. Pero, en forma paralela, toca renovar esperanzas. En ese terreno, la lectura de González Prada tiene un efecto refrescante porque, como él mismo sostuvo, lo suyo era propaganda y ataque.