Ramiro  Escobar

Ramiro Escobar

Meditamundo
Lic. en Comunicación y Mag. en Estudios Culturales. Cobertura periodística: golpe contra Hugo Chávez (2002), acuerdo de paz con las FARC (2015), funeral de Fidel Castro (2016), investidura de D. Trump (2017), entrevista al expresidente José Mujica. Prof. de Relaciones Internac. en la U. Antonio Ruiz de Montoya y Fundación Academia Diplomática.

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¿A qué nos estamos enfrentando?

“Nos estamos enfrentando entonces a todas estas desgracias: la débil solidaridad en el marco de la pandemia, la desidia ambiental, el ninguneo a los inmigrantes”.

Por: Ramiro Escobar, profesor, UARM.

Cuando uno se asoma a las noticias internacionales, o viaja y ve in situ y comprueba cómo anda un país, casi inmediatamente va a tener la sensación de que el mundo actual está más sacudido que de costumbre. Con frecuencia afanosa se dice que no estamos en un ‘tiempo de cambio’, sino en un ‘cambio de tiempo’. Pero hay indicios de que, realmente, vivimos tiempos muy revueltos.

El Informe Anual de Amnistía Internacional 2021-2022 (ese libro que hay que leer para entender al ser humano, en vez de tantos manuales de autoayuda) da algunas pistas para entender qué nos pasa en este agitado presente ya algo presencial. Por ejemplo: la pandemia no significó un gran giro ético global, las promesas de “reconstruirnos mejor’ tuvieron un magro cumplimiento.

Al terminar el 2021, según AI, solo el 8% de la población africana (alrededor de 1.200 millones de personas) tenía las tres dosis de la vacuna que amengua el desarrollo pernicioso de la COVID-19. El estimado del portal Statista, según el cual la vacunación generalizada en este continente recién llegaría a partir del 2023, resulta entonces certero: nuevamente basureamos al África.

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El panorama empeora cuando se constata que las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI), que en el 2020 pandémico se habrían reducido hasta 17% (dato del portal Nature Climate Change), han vuelto a subir como una tromba. Nuevamente están en los niveles del 2019, cuando las cuarentenas no estaban en escena. En otras palabras: la preocupación climática ya fue.

Ambos datos globales se pueden ir poniendo en un haz y aparecen dos ingredientes, penosamente clásicos de la especie humana, pero en este tiempo más peligrosos: la desigualdad (en el Informe de AI se le tiene como uno de los grandes problemas, en varios frentes) y un modo de vida desatado, hiperconsumista, bastante inconsciente de sus efectos fatales.

Por si no era suficiente, cuando el nuevo virus comienza a declinar irrumpe una invasión militar que trae los peores fantasmas del pasado: la amenaza nuclear, una potencia mundial atacando un país más débil, la posibilidad de que más países se involucren y se produzca un conflicto de grandes proporciones. Rusia al lanzarse sobre Ucrania nos ha devuelto el aire del espanto.

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Ese que se estaba difuminando gracias a las vacunas. No es que no existan otros conflictos miserables (Yemen o Siria, por citar dos casos escandalosos), o porque la OTAN sea la monja pacifista del escenario. Sino porque el estallido bélico en curso revive la amenaza de guerras entre Estados (algo que ya era escaso); y también porque lanza al vacío a millones de personas.

El Informe de AI, que no pudo registrar esta invasión militar (la organización, sin embargo, ya ha acusado a Rusia de crímenes de guerra), pone el énfasis en ese otro mal moral pandémico: el desprecio a los inmigrantes. Da un dato tenebroso: en el 2021, cerca de 1,5 millones de personas huyeron de su hogar en la República Democrática del Congo debido a la violencia armada.

Pero en los 36 días que lleva el estallido provocado por Rusia, ya cuatro millones de ucranianos han huido de su país, según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur). Si alguien quería enfatizar el color de la piel de quienes huyen, parece que ya no tiene argumentos. Al final, el sufrimiento de los refugiados es similar, no tiene fronteras.

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Nos estamos enfrentando entonces a todas estas desgracias: la débil solidaridad en el marco de la pandemia, la desidia ambiental, el ninguneo a los inmigrantes. Pero, finalmente, nos estamos enfrentando a nosotros mismos. “El mundo puede cambiar, pero no va a cambiar solo”, dice AI. Es cierto. Aunque cada vez se va haciendo más tarde para apagar nuestra insistente necedad.