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El Perú, un país del casi

“Algunas olas democratizadoras no lograron forjar partidos representativos y se quedaron en democratizaciones sin llegar a ser democracias”.

Dos grandes victorias ha tenido el Perú esta semana: la derrota de la instauración de una dictadura parlamentaria y el triunfo en el fútbol que nos permite pasar al repechaje. La primera nos divide y la segunda nos une. Algo es algo.

El Perú es un país del casi, un país que no ha logrado su plena realización. Esta falta de plenitud se expresa en nuestras sicologías y culturas, en la economía, la sociedad, el Estado y la política. ¿Qué explica esta irrealización del país? Si se hace una revisión de la historia republicana desde la sociedad y la política, se encuentran varios factores, pero hay tres que son fundamentales.

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El primero es la poca o nula voluntad de las élites que han administrado el Estado para integrar a la población culturalmente diversa y geográficamente dispersa. A las élites no les ha interesado forjar una nación pluricultural, reconocer a los diferentes. Las élites militares, políticas, señoriales y tecnocráticas no han tenido interés alguno en construir un Estado que cohesione al país y atienda el bien común de todos los peruanos. Formaron un Estado tardío, patrimonial y despótico (Michael Mann) o económico-corporativo (Gramsci), pero fueron incapaces de construir un Estado infraestructural (Mann) o hegemónico (Gramsci) en el que todos los peruanos nos sintamos representados.

El segundo es la debilidad social y política de la población diversa, fragmentada y expoliada para hacer sentir su presencia. Las clases populares y mesocráticas, urbanas y rurales, no han tenido la suficiente capacidad para organizarse y desplegar formas eficaces de lucha que permita su integración plena en el país. Sus diversos tipos de organización y de movilizaciones (campesinas, obreras, barriales y estudiantiles) no han tenido la fuerza necesaria para doblegar a las élites y construir una nación pluricultural. No hemos tenido una revolución exitosa que logre ese objetivo, como México (1857, 1910) o Bolivia (1952).

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El tercero es la fragilidad de nuestra democracia tardía y meramente formal que no contribuye a la formación de una comunidad política nacional de ciudadanos efectivamente libres e iguales. La democracia es el resultado de la relación de fuerzas entre las élites estatales y las olas democratizadoras (partidos, movimientos sociales y ciudadanos) que nacen en la sociedad. Esa relación de fuerzas define el tipo de régimen político (democrático y una vasta gama de regímenes no democráticos). Si nuestra democracia es débil y formal es porque las élites estatales son generalmente autoritarias y las fuerzas democratizadoras que vienen de la sociedad no son suficientemente fuertes. Algunas olas democratizadoras no lograron forjar partidos representativos y se quedaron en democratizaciones sin llegar a ser democracias.

Pese a la debilidad de las democratizaciones y de la democracia, ellas han conquistado en la historia republicana algunos cambios favorables al pueblo y a las clases medias en los diversos campos de la vida social.