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La catástrofe y el insulto

“De ahora en adelante se puede decir que el llamado poder ‘constituyente’ ha sido privatizado por una elite política y económica que se autoproclama el ‘pueblo mismo’”.

De un tiempo a esta parte la política ha dejado de ser (me pregunto si alguna vez lo fue) una confrontación de ideas para ser un discurso donde campea el insulto y la ironía. En estos tiempos avinagrados por aquellos que perdieron unas elecciones limpias, se pueden escuchar frases como: “el presidente tiene limitaciones antropológicas”, o el “presidente tiene un bajo coeficiente intelectual”; es decir, explicaciones donde el otro ha dejado de ser un ser humano para convertirse en un “animal”. U otros afirman que aquellos que eligen libremente una Asamblea Constituyente pasan a ser unos “monos” armados ya no con metralletas sino más bien con armas nucleares. Todo ello, además de ser racista, expresa un gran miedo respecto a la posibilidad de cambiar este país que parece ser una suerte de paraíso no terrenal sino virreinal.

Vale recordar esta frase de Walter Benjamin, filósofo judío-alemán que se suicidó en 1940 para no caer en manos de las Gestapo nazi, que dice “que las cosas continúen así es la catástrofe”. La catástrofe no es pues un derrumbe, un cambio o muerte repentinos, es más bien seguir en más de lo mismo; algo similar al “infierno” donde los tormentos que se sufren no tienen fin.

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Por eso el tránsito de una confrontación de ideas al insulto como “arma” de la polémica, como hoy vivimos, es como que la derecha se quitara el maquillaje de liberal; es renunciar, incluso a una política gatopardiana. Dicho con otras palabras: que las cosas no cambien y si cambian que la vida siga igual para una minoría.

Y la mejor expresión de ello es que acaben apoyando la inconstitucional ley aprobada por este Congreso de prohibirle al pueblo, es decir, al soberano, ejercer su derecho a convocar a un referéndum para que la ciudadanía, hombres y mujeres libres, decidan si se tiene o no una Asamblea Constituyente y quiénes la integran. De ahora en adelante se puede decir que el llamado poder “constituyente” ha sido privatizado por una elite política y económica que se autoproclama el “pueblo mismo”. Solo falta crear en este camino expropiatorio al nuevo “führer”. El fascismo es siempre la expresión de una persona o de personas asustadas por el cambio.

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Sin duda una Asamblea Constituyente no es la varita mágica que lo cambia todo; más aún ahora cuando nos damos cuenta de que para gobernar no basta apelar o “representar” al “pueblo” sino que se requiere capacidad, objetivos claros y honestidad; pero sí creo que bien puede ser el inicio de un camino que nos podría liberar de un pasado que no pasa; esta catástrofe política, al decir de Benjamin. Dicho con otras palabras: el cambio es el camino.