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Qué fantástica esta fiesta

“Guerrero quería una fiesta y la quería a toda costa. Sin embargo, todo deseo se confronta con la realidad y esta lo limita. La realidad de hoy es la pandemia, que se lleva vidas...”.

Por Ana María Guerrero (*)

Jugar con público es la propuesta de algunos futbolistas ante el próximo encuentro con Ecuador. “Es importante para nosotros”, han dicho, aludiendo a su motivación. El ministro Cevallos ha contestado que, en plena tercera ola, más importa “que no se nos muera más gente”. Prioridades públicas.

La misma cuestión surgió con la espectacular fiesta de Paolo Guerrero. Se esgrimió su “derecho a celebrar” y Gareca pidió “dejar” a la gente vivir su vida. La prensa, en vez de informar sobre una figura pública quebrando abiertamente la ley, prefirió el espectáculo. Sin innovar, las autoridades afirmaron no saber mucho. Silencio encubridor.

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¿No sabía Guerrero lo que hacía? Imposible. Como dirían los abogados, “a sabiendas” lo hizo. El asunto no es impedirle la fiesta a Paolo, actuar contra él, sino levantar la costumbre de funcionar contra la ley sin que pase nada. La impunidad no solo es falta de justicia en las altas esferas, sino conductas cotidianas con beneficios muy inmediatos: en las coimas y los favores, en las licencias y concursos, en apañar la violencia sexual y la crianza violenta, en la adulteración de productos (o noticias), en el tránsito, en el plagio y la falsificación de documentos y un sinfín de acomodaciones diarias. Por beneficio propio o las más loables excepciones, los peruanos sabemos que transgredir la ley está socialmente justificado.

Cuando la prensa y las autoridades callan, una colaboración tácita se produce. Se hermanan los que abdican de sus responsabilidades: la prensa pierde la potencia de su palabra; las autoridades, pagadas con los impuestos de todos, van contra los intereses de la sociedad. Se trata de impunidad, que no es más que el puro poder. Exhibir que se puede estar al margen de la ley. Por eso algunos insisten: “No se metan”. Actuar impunemente revela una actitud muy específica ante la vida, el individualismo exacerbado, el sálvese quien pueda. La vivencia de impunidad produce marcos éticos, subjetividades, formas de ser, de pensar y actuar.

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Guerrero quería una fiesta y la quería a toda costa. Sin embargo, todo deseo se confronta con la realidad y esta lo limita. La realidad de hoy es la pandemia, que se lleva vidas, deja secuelas, huérfanos, quiebra familias. Es legítimo desear fiestas, fútbol. Estamos cansados, pero los deseos personales no pueden perjudicar el bien colectivo. El deseo “puro” es avasallamiento. Un festín de poder.

Desear envuelve una ética y la ética supone límites. En este país despolitizado creemos que el problema es individual (“dejen a Paolo”), cuando en realidad es colectivo. Es un deber y un derecho cuidar y ser cuidado, pues lo individual no deja de ser político. La ciudadanía se vive en la calle y en lo privado. Es la democracia misma la que puede estar (o no) en nuestra habitación, en la sala, en el aula o en nuestras prácticas más simples y cotidianas.

(*) Psicóloga clínica