Rosa Palacios

Rosa María Palacios

Contracandela
Lima, 1963. Abogada por la PUCP y Máster en Jurisprudencia Comparada por la Universidad de Texas en Austin. Su área de especialización es el periodismo político y divulgación jurídica con más de veinte años de experiencia en televisión, radio y prensa escrita. Es docente de la PUCP en la facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación.

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“¿Tan fácil es condenar a quien dice la verdad en el Perú? Por supuesto”.

En las elecciones del 2021 no hubo fraude, ningún miembro de mesa fue suplantado. El fundador del Sodalicio, Luis Fernando Figari, así como otros miembros de la organización, cometieron abusos sexuales, físicos y psicológicos que la institución conoció y consintió, condenando a sus víctimas a condiciones de servidumbre. César Acuña se apropió del libro del profesor Otoniel Alvarado y lo publicó como propio, con su nombre en la portada.

Se escribe y se lee rápido, ¿verdad? Pero para que yo pueda escribir esos tres hechos y usted pueda leerlos un domingo de verano, tal vez mientras bosteza sobre el desayuno, un puñado de periodistas se lo han jugado todo. Han, hemos, sido insultados, acosados en redes sociales y en las puertas de nuestros trabajos y casas, descalificados en grupos de WhatsApp, perseguidos judicialmente, allanados y condenados. Han, hemos, soportado todo eso por una sola razón: porque nada hay más poderoso que la verdad. Ese compromiso, esta semana, se levantó como una bandera inmaculada, otra vez sobre las turbas del amedrentamiento.

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Hay que decir sobre la verdad un par de cosas. La primera es que suele ser esquiva. “Caminamos dando tumbos en la oscuridad”, dice el personaje del director del periódico en la película Spotlight. No sabemos todo a veces por negligencia, pero la mayoría de las veces por el ocultamiento perverso de quien no quiere que se conozca. Lo segundo es que la verdad suele ser muy inconveniente. A veces para un personaje, a veces para un grupo, pero a veces, lamentablemente, una verdad puede ser insoportable para toda una comunidad, lo que incluye al propietario del medio y al mismo periodista. La experiencia me indica que, cuando miramos colectivamente del otro lado, ganamos una paz transitoria, pero nunca duradera. La verdad puede destrozar muchas vidas, pero a la larga, las hace libres y salva de peores derrotas.

Pedro Salinas, Janet Talavera y dos exfuncionarios de rango gerencial del Ministerio Público sufrieron hace una semana un allanamiento nocturno, violando los derechos de menores de edad, con un despliegue digno de las peores mafias, por un contrato legal, de menor cuantía, íntegramente ejecutado hace 4 años. Les quitaron sus celulares. A Pedro un disco duro con su próximo libro; a ella su computadora, después de revisar los bienes de otras personas. Un asco por donde se le mire perpetrado por el contubernio entre los acosadores judiciales de siempre (cuya víctima perpetua es también Paola Ugaz) y un pleito entre fiscales que nadie entiende.

PUEDES VER: CPP denuncia acoso político a Pedro Salinas y respalda a Christopher Acosta contra Acuña

Christopher Acosta ha sido sentenciado por difamación por escribir una biografía sobre César Acuña. Plata como cancha es un gran libro, por si no losaben. Jerónimo Pimentel, director en Perú de Penguin Random House, también ha sido sentenciado por difamación, aunque él no ha escrito una línea. No me pregunten por qué. No lo explica el juez suplente supernumerario Raúl Jesús. ¿Para qué? ¿Tan fácil es condenar a quien dice la verdad en el Perú? Por supuesto. César Acuña puede jactarse de esta victoria pírrica, pero todo lo que dice el libro está basado en los testimonios de la gente que lo conoce, que ha trabajado o ha convivido familiarmente, por años, con él. Llegar a la verdad absoluta es imposible en la mayoría de los casos. Pero la prensa cumple con el deber de veracidad cuando reporta de manera fiel todo aquello que a la fecha de publicación conoce. Acosta ha cumplido con creces ese estándar. Si el juez Raúl Jesús desconoce toda la jurisprudencia peruana y supranacional, entonces, sea por impericia o por dolo, no debe ser juez.

Keiko Fujimori se inventó un fraude porque no podía aceptar una verdad inconveniente: un absoluto improvisado, sin ninguna calificación para el cargo, le había ganado una elección que ella perdía por tercera vez. Un amplio sector de la sociedad la acompañó porque ver la verdad les resultaba aterradora. Pero, tarde o temprano, la verdad los iba alcanzar y dejar atrás desde los estudios de abogados hasta el criptoanalista; desde ‘Cuarto poder’, hasta el papelón en la puerta de la OEA. No van a pedir perdón, pero ojalá traigan de regreso a la luz a los muchos que se perdieron en el engaño.

Va esta columna para Pedro, Janet, Paola, Christopher y Jerónimo, que apostaron por nuestro derecho a la verdad y a la larga nos hicieron, a todos, más libres. Esta semana no es una derrota. Creo que abrir los ojos a la sociedad es siempre nuestra mejor hora.