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¿Qué pasa si él y su entorno sí evaluaron estas reacciones al caso Plata como cancha y, a pesar de saber lo que vendría, decidieron seguir adelante con la querella contra Christopher Acosta?”.

A estas alturas, queda poco por agregar a la polémica desatada por la extravagante sentencia del juez Raúl Jesús Vega, del 30 Juzgado Penal Liquidador de Lima, quien, por una querella interpuesta por César Acuña a raíz del libro Plata como cancha, decidió imponerles dos años de prisión suspendida y 400 mil soles de reparación al periodista Christopher Acosta y al editor Jerónimo Pimentel. El rechazo a este atropello ha sido uniforme y ha incluido embajadas acreditadas en el Perú, instituciones académicas, organizaciones internacionales, editoriales y periodísticas, dejando aislados a Acuña y su defensa.

Los argumentos de repudio a la condena han sido unánimes. Se trata de una sentencia indefendible, que traslada de manera absurda la responsabilidad de una declaración a quien la reproduce y, por si fuera poco, la extiende a su editor, argumentando que el encargado de cotejar la veracidad de las declaraciones incluidas en una publicación puede ser cualquiera que participe en su proceso de difusión (lo que, por ejemplo, haría de Mark Zuckerberg responsable de todos los bulos y sandeces que aparecen en Facebook).

La sentencia del juez Jesús es tan endeble, violenta de una manera tan flagrante la jurisprudencia y los tratados internacionales, que todos los abogados serios del país dan por descontado que será revertida en las instancias superiores. Su perjuicio es otro: la invitación a la censura previa, desanimando a los periodistas a seguir trazando perfiles de personajes de interés y a los editores de publicarlos.

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Los análisis han insistido en la poca tolerancia de Acuña a la crítica, su escaso compromiso con la libertad de expresión y la incapacidad del empresario y su entorno para evaluar las consecuencias del proceso judicial emprendido contra Christopher Acosta. Cuesta entender que una persona con tantos años en la arena pública, empresario exitoso y multimillonario, además de figura de la política nacional con varias postulaciones presidenciales, sea capaz de una metedura de pata de este calado. ¿Cómo afrontaría los enormes problemas de un país alguien que se ha manejado de este modo con una publicación que, en lo que duró el proceso, reconoció ni siquiera haber leído?

En este intento por proteger su honor, César Acuña ha terminado autodestruyéndose, convirtiéndose por decisión propia en el blanco de toda clase de ataques y críticas, dándole una desmesurada visibilidad a las frases del libro que tanto lo incomodaban y convirtiendo a Plata como cancha en uno de los mayores bestsellers de los últimos tiempos. Por esto, una hipótesis poco explorada, que abre un nuevo abanico de posibilidades sería la siguiente: ¿qué pasa si él y su entorno sí evaluaron estas reacciones al caso Plata como cancha y, a pesar de saber lo que vendría, decidieron seguir adelante con la querella contra Christopher Acosta?