Antonio  Zapata

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Historiador, especializado en historia política contemporánea. Aficionado al tenis e hincha del Muni.

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La multiplicación de los panes

“La tarjeta de visita de González Prada decía ‘doblemente excomulgado’, riéndose de las condenas impuestas por la Iglesia. Ellas le otorgaban una posición que asumía con honor”.

Con cierta frecuencia nuestros artistas han interpretado al Perú como un país al revés. Una psique colectiva alterada ha producido una simetría disparatada. Lo bueno es malo y lo infamante es timbre de orgullo. En efecto, las instituciones no se guían por principios, sino por intereses particulares, políticos e intelectuales no son consecuentes, sino que impera un crudo pragmatismo dispuesto a cualquier cosa para avanzar sus posiciones.

El país al revés se ha consagrado gracias a la sentencia del juez Raúl Jesús Vega en el caso de difamación seguido por César Acuña contra Christopher Acosta y Jerónimo Pimentel. Para fallar en favor de Acuña el juez Raúl Jesús se ha llevado por delante el principio de la cita académica o periodística. En efecto, sostiene el juez que solo se puede citar lo corroborado como cierto. Pero así no funciona la ciencia social, sino que se busca contrastar versiones para que la verdad surja de la confrontación de opiniones. Según el juez, ni siquiera se puede citar lo ya publicado en otros medios de comunicación a menos que esté perfectamente comprobado.

El alegato del abogado de Acuña, el Dr. Enrique Ghersi, pertenece a la misma dimensión. Incorpora a Pimentel en la demanda argumentando que la editorial debería revisar la veracidad de lo sostenido en cada libro que publica. Al no haberlo hecho, sería coautora de la supuesta infamia. Pero el negocio editorial se basa en la publicación de libros y no tiene entre sus funciones verificar lo escrito por los autores. Es un negocio basado en la libertad para publicar y la responsabilidad individual del autor sobre su obra. Sorprende encontrar al antiguo liberal doctrinario atacando al mercado nacional del libro para defender a un cliente.

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La inconsecuencia se extiende también a nuestros políticos e intelectuales. Por ejemplo, el portal liberal Sudaca buscó a figuras de esa corriente para que se pronuncien sobre el caso y según relata alguno asumió, pero otros se sumergieron en discretos silencios.

En el caso de Vladimir Cerrón un hecho particular ha reforzado sus convicciones. En efecto, también tiene una biografía no autorizada en circulación y ha sostenido que no es un caso de libertad de prensa, sino sobre la veracidad de la información. Con ello, argumenta en el mismo sentido de Ghersi. Ambos están en contra de la libertad para investigar y publicar lo que uno piensa, y proponen que solo se publique lo verdadero. Puede parecer correcto, pero el problema es quién establecería esa verdad: ¿la Iglesia, el Estado o un juez? En realidad, es la justificación de las verdades únicas del totalitarismo?

Pero como las instituciones funcionan al revés, quienes trabajan guiándose por las normas suelen ser sancionados y obligados a pasar por la tortura de juicios infinitos, dobles instancias y picapleitos sin fin. Solo queda tomarlo con humor y realizar el viejo ideal de burlarse de uno mismo.

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Por ejemplo, la tarjeta de visita de González Prada decía “doblemente excomulgado”, riéndose de las condenas impuestas por la Iglesia. Ellas le otorgaban una posición que asumía con honor, a la cabeza de la tradición anticlerical. Ya no se usan tarjetas de visita como en el siglo XIX, pero ha aparecido la firma digital acompañada por una breve descripción del puesto y responsabilidad del individuo. Si es así, el día de mañana Acosta y Pimentel podrán añadir su condición de sentenciados por el juez Raúl Jesús. Ese dato marcará la cancha a su favor.

El proceso es a ganador. En estos días se han vendido quince mil ejemplares de Plata como cancha, además de cientos de ediciones piratas y versiones en PDF. En el país del disparate, las sentencias para arruinar a alguien multiplican los panes.