Lucia Solis

Lucia Solis

Casa de Brujas
Periodista feminista, activista y editora de género en Grupo La República. Licenciada en Comunicación y Periodismo por la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas y máster en Estudios de Género por la Universidad Complutense de Madrid (en curso). @lamenstruante lucia.solis@glr.pe

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“Que alguien de tu entorno sea un agresor es posible. Hay que reconocerlo porque, en nuestra sociedad, las denuncias parecen anularse apenas alguien tira el primer: ‘pero a mi nunca me hizo nada’”.

Buen amigo, buen hijo, buen hermano. Trabajador, gracioso, irónico, con aires de intelectual. Amistoso, desenvuelto, carismático. Con notas excelentes, talentoso para la fotografía, joven emprendedor, joven profesor. Los abusadores no son ‘’monstruos’' escondidos tras un arbusto que esperan sigilosos para acechar a su víctima. Pueden serlo, sí. Pero la mayoría no lo son. De hecho, gran parte de agresores de violencia sexuales y feminicidios tiene un vínculo probado con las mujeres y diversidades sexo genéricas que atacan. Parejas, ex parejas, tíos, primos, amigos, jefes y hasta profesores.

La semana pasada se viralizaron las acusaciones públicas contra el docente de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC) y corresponsal Luis Cáceres a más de una decena de mujeres. Como suele ocurrir en estos casos, bastó que una de las sobrevivientes decidiera hacer pública su denuncia para que el resto se anime a hacerlo. En los relatos hay datos que coinciden entre ellos y un aspecto importante que atraviesa todas las historias: el acercamiento como maestro chévere que despinta o ignora (a su conveniencia) las relaciones de poder que existen, quieras o no, entre profesor y estudiante.

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Con 13 denuncias (hasta el momento) todavía hay quienes sospechan de las sobrevivientes y abogan por el agresor. Qué raro que salgan todas juntas ahora. ¿Por qué recién hablan? ¿Y la reputación del profesor?. Lo dicen jueces en todo el mundo, ¿por qué no lo dirían personas x en Twitter? No se comprende que cada sobreviviente de acoso o abuso sexual lleva su propio proceso. Porque no se puede imponer calendarios, plazos y deadlines para denunciar o hacer públicos hechos de violencia. Porque como consecuencia de una pésima educación sexual recibida y la impunidad simbólica y legal que tienen los agresores, lxs propixs sobrevivientes a veces no reconocen la violencia o toman tiempo en aceptarla.

Del otro lado, proceso también es darte cuenta que una persona cercana a ti es, muy probablemente, un abusador. No es sencillo. Puede ser tu hermano, tu amigo; incluso un conocido. Quizás coincideron en la universidad y te cayó muy bien. Lo veías ser ocurrente, interesante. Siempre tenía una sonrisa para todo el mundo. O te saludaba apenas te veía. Como si fueran los mejores amigos cuando en realidad solo habían tenían algunas clases en común. Años después es acusado de violentar a 13 mujeres y la sorpresa es real. ¿Puede ser? Sí. Puede ser. Que una persona de tu entorno con quien jamás tuviste ningún tipo de problema sea un agresor es posible. Y es importante aceptar esto porque en nuestra sociedad las denuncias de decenas de sobrevivientes parecen anularse apenas alguien tira el primer: ‘’pero a mi nunca me hizo nada’'.

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Cuando Mayra Couto, valiente, compartió su testimonio; cuando contó que había sido acosada sexualmente por Andrés Wiesse, muchos de sus compañeros y compañeras de trabajo respaldaron al actor porque ‘’siempre fue un caballero’'. Es lo normal. El cuestionamiento siempre es a las mujeres. Ni la idiosincracia peruana, ni siquiera la justicia, comprende que los casos de acoso y abuso sexual deben tratarse con perspectiva de género. Por eso, decir ‘’yo te creo’' a las sobrevivientes es sacarle la vuelta al sistema patriarcal y misógino, es ponerse de lado de las históricamente violentas y silenciadas. Es importante comprender este tipo de hechos en un contexto social que culpabiliza a las mujeres y diversidades sexo genéricas por sus gestos, su ropa, su voz. Es su comportamiento el que siempre está bajo escrutinio. Por eso, reflexionar también sobre tu propia relación amical, laboral o filial con un agresor y no dejar que la cercanía te nuble la empatía es un trabajo duro pero necesario. Comprender que tus experiencias no son la norma sobre todo cuando hay acusaciones de violencia de género, es romper el pacto, es cuidar que una mujer no vuelva a ser atacada con una indiferencia cómplice.