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Cine peruano sin mascarillas

“Hay cielos amplios para el cine peruano y la imaginación. Días de Santiago (2004) se permite ir más allá de la tipología del soldado que sobrevive a una guerra intestina intrafronteriza”.

Por Enrique Bruce Marticorena (*)

Miremos el vaso medio lleno, un entusiasmo por hacer buen cine nacional sin aforos anímicos. Producciones como Wiñaypacha (2017) y Manco Cápac (2020), solo para nombrar dos de las más destacadas de este lustro, avisan del mayor manejo de las posibilidades expresivas del cine y, en no menor medida, del tratamiento de temas que décadas antes estaban encasillados en un miserabilismo sin concesiones. Este calificativo señalaba la tipificación terca de personas marginales sin espacio ficcional para explayar sus propias subjetividades. Primaba la consigna sobre el arte; la llamada a la “concientización” sin la línea de partida del realizador. Se arrancaba de lo que nos imaginábamos querían los espectadores (o los festivales de cine) y menos en lo que inquietaba a los directores.

Las dos producciones mencionadas se centran ambas, justamente, en personajes del mayor desamparo social, sobre todo en el caso de Wiñaypacha, del director puneño recientemente fallecido (y jovencísimo talento) Óscar Catacora. Sus protagonistas, dos viejos aymaras que viven en su chacra en las alturas de Puno, en espera de que su hijo regrese, despliegan en tiempo real sus oficios cotidianos y la solidaridad y fe mutuas. Las tomas alternas de los exteriores e interiores (nos) dicen de ellos en lenguaje de cine más que cualquier explicitación narrativa. La película les pertenece a ellos; nosotros, los espectadores citadinos, solo somos testigos de dos parcelas de vida que, si bien parecen postradas, vuelan alto en sus diálogos y ternuras con sus animales y su religiosidad agrícola.

PUEDES VER: Manco Cápac rumbo al Óscar 2022: cinta peruana entre las 93 preseleccionadas

Hay cielos amplios para el cine peruano y la imaginación. Días de Santiago (2004) se permite ir más allá de la tipología del soldado que sobrevive a una guerra intestina intrafronteriza; nos encontramos, a la larga, con un joven que deambula con sus amigos en Lima en los extramuros de su propia juventud. En El mudo (2013) y Rosa Chumbe (2015) hay humor heredado de las mejores páginas de un Ribeyro, en el tratamiento de un empleado público en la primera película, y la propuesta final mágico realista de las desventuras de una mujer policía en el caso de la segunda (también con humor). El realismo mágico también presta sus herramientas para darle vida a un ahogado homosexual en Contracorriente (2015) en diversas tomas estáticas (y extáticas) junto a un mar que provee y aniquila. Hay transgresión poética como el Madeinusa (2005) de Claudia Llosa que pervierte las dinámicas de una festividad andina en aras de la puesta en escena y la tensión dramática. Ella, como muchos antes y después, se ha alejado del luces, cámaras, power point, al luces, cámaras y buen cine.

Un cine, en fin, sin mascarillas.

(*) Escritor. Docente de Humanidades en la PUCP y la USIL. Director de C.C. Plurales.