Antonio  Zapata

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Historiador, especializado en historia política contemporánea. Aficionado al tenis e hincha del Muni.

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¿Promesas incumplidas?

“Profunda desilusión: la prolongación estéril de la oligarquía, el fracaso del velasquismo, los horrores de la guerra interna y la elevada precariedad del mercado neoliberal”.

Al cerrar el año del bicentenario quisiera ofrecer una reflexión sobre la trayectoria de la república, antes que sobre el período de la independencia, que tiene sus especialistas, entre los cuales no me cuento. El punto de partida son los conceptos elaborados por la generación del centenario. En ese momento, Jorge Basadre formuló la idea del país como dotado de una promesa que solo se había cumplido a medias.

Esa noción fue complementada por Mariátegui, cuando sostuvo que el Perú era una nación en formación. Así, en este período, tanto desde la academia como desde la política, se compartió la visión del Perú como proceso por entonces incompleto. Otro integrante del mismo grupo generacional, Luis Alberto Sánchez, contribuyó a precisar la idea al sostener que el país era un adolescente aún inmaduro.

Esas imágenes han predominado durante los cien años transcurridos desde su formulación, cuando cada corriente política intentó darle contenido propio a ese faltante, al componente necesario para alcanzar el rango de Estado nación sólido y articulado. Pero, en vez de avances en ese camino, se han sucedido una serie de fracasos que han traído una profunda desilusión: la prolongación estéril de la oligarquía, el fracaso del velasquismo, los horrores de la guerra interna y la elevada precariedad del mercado neoliberal.

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Por su lado, la corrupción ha carcomido todos los gobiernos, tanto civiles como militares, constituyendo parte esencial de la cultura política nacional. A ello se suma la debilidad del Estado y su deficiente organización que genera crisis entre poderes en democracia y reacciones autoritarias en contraposición. Por ello, la política es el eslabón más débil en la construcción de la nación, pero a la vez indispensable, porque es el espacio generador de vínculos ciudadanos.

En contraste, aunque no exentas de problemas, la economía y la sociedad han sido más creativas. La economía exportadora de materias primas ha funcionado, aunque la distribución de sus ganancias ha sido muy desigual y el daño ecológico considerable. Asimismo, el peso del país en el mundo cultural y artístico internacional es superior a su desempeño en otros órdenes. Incluso en filosofía política, ningún otro país dispone de creadores de tradiciones intelectuales del peso de Mariátegui y Haya.

Pero, tanto sociedad como economía, arrastran taras que bloquean la construcción de una nación integrada. La economía siempre ha beneficiado a pocos y no ha creado empleo digno, sino multiplicado la informalidad. Por su lado, el elevado racismo y la discriminación aún campean en el país, como demostraron las últimas elecciones.

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No se ha avanzado en la dirección supuesta por la generación del centenario. Aunque, la rueda sigue funcionando porque la promesa republicana es bastante consensual y tanto ciudadanía como democracia son ideales extendidos. Incluso, ha crecido el número de quienes rechazan privilegios y prefieren un Estado organizado por normas válidas para el conjunto de la ciudadanía.

El Perú es un país muy corrupto y en las últimas décadas el narcotráfico viene logrando penetrar la estructura social y política. Pero, por ello mismo, es un país donde sobresalen personalidades principistas. Nación de corruptos y a la vez de santones que se desenvuelve en una dialéctica por ahora inagotable.

Así, en la segunda parte del siglo XX, se pensó en una nueva manera de entender al Perú. Esta vez como un país agónico, en lucha entre sus partes por encontrar un orden. La figura surgió en la literatura con Arguedas y luego reapareció en Flores Galindo desde la historia. A continuación, se prolonga en colegas que destacan diversas formas de república incompleta: plebeya, agrietada o embrujada, pero siempre en pugna interna. El Perú del bicentenario no está definido por promesas incumplidas, sino por conflictos sin resolución.