Ramiro  Escobar

Ramiro Escobar

Meditamundo
Lic. en Comunicación y Mag. en Estudios Culturales. Cobertura periodística: golpe contra Hugo Chávez (2002), acuerdo de paz con las FARC (2015), funeral de Fidel Castro (2016), investidura de D. Trump (2017), entrevista al expresidente José Mujica. Prof. de Relaciones Internac. en la U. Antonio Ruiz de Montoya y Fundación Academia Diplomática.

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La zanja chilena

“Sin embargo, es su propuesta de construir una zanja en la frontera con Bolivia, para controlar la inmigración, la más tremebunda y reveladora...”.

José Antonio Kast, el candidato del Partido Republicano que ha pasado a la segunda vuelta en las elecciones chilenas, no es lenguaraz ni vitriólico como Jair Bolsonaro. Tampoco malcriado como Donald Trump. Pero sus palabras y sus simpatías lo sitúan en la misma cancha política: hincha de Pinochet, escéptico del cambio climático, escasamente partidario de los derechos sociales.

Sin embargo, es su propuesta de construir una zanja en la frontera con Bolivia, para controlar la inmigración, la más tremebunda y reveladora. Sugiere algo que se sale por los poros a algunos de sus partidarios: cavar un hueco —o quizás levantar un muro— para enfrentar un problema, en lugar de ver su orígenes, sus causas, su proceso, su evolución. Su telón de complejidad, en suma.

Va en consonancia con el lema “orden, seguridad y libertad”, una suerte de llamamiento a congelarse en el tiempo, a conservar hasta las últimas consecuencias lo que, se cree, era el Chile exitoso. Sin duda era una sociedad con bonanza macroeconómica, pero precisamente con una zanja en el medio, con una enorme cantidad de personas que, así como subían, podían caer.

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Está alentando el miedo al cambio, además, el cual ronda en el fondo de muchos ciudadanos que no son necesariamente de derecha, a quienes su candidatura parece sonarles a música de tranquilidad para asustados. Con honestidad acaso, muchos creen que es mejor eso que había antes, con sus hondas desigualdades incluidas, que asomarse a lo nuevo e impredecible.

Eso nuevo, que hoy aparece encarnado en la lozanía barbuda de Gabriel Boric, tiene también sus problemas. Recuerda el reciente pasado turbulento, y hasta los tiempos aciagos de Salvador Allende, sobre todo por su alianza con el Partido Comunista, a pesar de que este desde hace años está dentro del sistema y hasta co-gobernó parcialmente con Michelle Bachelet.

¿Quién cura ese susto, que también incluye los severos hechos de violencia acaecidos en el marco de las protestas que estallaron en el 2019? Se le puede criticar a Boric por no ser tan firme en condenarlos, solo que al otro lado tienes un frente que, bajo la sombrilla de Kast, no solo se opuso a las manifestaciones sino que toleró, o hasta promovió, los brutales excesos de la policía.

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La zanja, al final, parece la más cruda metáfora no solo de la distancia entre las ideas políticas sino, además, de los sentimientos sociales.

Cuando en una comunidad no se curan las heridas fácilmente y, por el contrario, solo se cuentan muertos y heridos propios, el abismo puede aproximarse. Chile tiene recursos morales para evitarlo, aunque sin renunciar al cambio social.

Porque, al fin de cuentas, toda esa marejada que se alzó hace un par de años no puede quedarse varada en alguna playa de Valparaíso. El problema con Kast, y con toda la derecha que rápidamente se ha apuntado a su lado (desde las más light hasta la más áspera), es que parecen ignorar que eso ocurrió. O tal vez asumen que solo fue un hipo, una invasión alienígena.

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Se están comportando como las élites de siempre, esas que durante los años de bonanza vivieron en la estratósfera (y en algunos cerros de Santiago), como si estuvieran en Noruega y olvidando el drama de la calle. Boric, por su parte, podría tomar —no sin temores— la posta incandescente de las protestas, que tanto removieron mentes, cuerpos e ideas en Chile y en América Latina.

Pero si, al calor del poder, se convierte en parte de una nueva élite y si no conecta más con los mapuches, con los votantes dislocados de Franco Parisi, o con los ausentes de las urnas, habrá rodado también a la zanja de la desesperanza.

Tendría que darle la vuelta a la palabra ‘orden’, para que el orden que propone no esté marcado por el desorden como bandera de lucha.

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