César Azabache

César Azabache

Hablando de justicia
Director de Azabache Caracciolo Abogados. Abogado especializado en litigios penales; antiguo profesor de la Universidad Católica y de la Academia de la Magistratura. Conduce el espacio de entrevistas legales “En Coyuntura” en la revista La Ley. Es miembro del directorio de la revista Gaceta Penal y autor de múltiples ensayos sobre justicia penal.

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El impostor que imita

“El perpetrador se rehúsa a aceptar las consecuencias de lo que ha hecho; calla o miente”.

Jorge Bruce nos ha puesto sobre la mesa en estos días, en esta página (LR 8/11/21), cuán importante es esa propensión que impulsa a los impostores a quedar en evidencia públicamente. Un impulso guiado por la culpa escondida; un impulso que causa estragos. Estragos que son mayores cuando el impostor ejerce la presidencia de la república.

Parto de ahí. Los estragos que producen los impostores me parecen especialmente perturbadores cuando se organizan imitando a un predecesor, a alguien que hizo lo mismo, o casi lo mismo, antes. El impostor, dice Jorge, en esa paradoja que causa la culpa, puede crear la escena en que alcanza a ser descubierto y castigado por no-ser-lo-que-representa. Pero puede además crearla reproduciendo un comportamiento que le precede, y eso tiene su propia carga simbólica.

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Las repeticiones que se organizan desde la imitación inconsciente me dejan en absoluto desconcierto. ¿Qué extrañas conexiones hacen que un impostor reproduzca la conducta de alguien que construyó su fracaso en el pasado? ¿Qué nos dice quien imita? ¿Acaso desprecia lo mismo que despreciaba el personaje al que reproduce? ¿Es un mensaje de rabia el que iguala ambos procesos?

Jorge ha encontrado en Castillo un impostor. Yo creo que, además, está originando su destino final por imitación. Las semejanzas entre el caso de los ascensos militares que ha intentado imponer su entorno y el caso Swing son demasiadas para pasarlas por alto.

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En ambos casos un presidente muestra su desprecio a las funciones públicas usándolas como obsequio clientelista a una o más personas. En ambos casos la maniobra es tan torpe y descarada que queda en evidencia rápidamente. En ambos el perpetrador se rehúsa a aceptar las consecuencias de lo que ha hecho; calla o miente. En ambos hay al menos un o una cómplice que camino al cadalso pretende que, de acuerdo a su consciencia, “no hizo nada”. Imposible dejar de notar la pista que deja quien cree que el evento es ajeno porque fue ordenado por alguien más. En ambos casos el causante cree que solo necesita tiempo. En su fantasía el tiempo asociado al silencio o el engaño sostenido diluyen las crisis de alguna manera mágica e inexplicable, aunque no sea cierto.

Lo que más me impresiona: en ambos casos hay al menos una mujer que, en el fondo de la escena, siendo ministra, intenta construir un espacio público, un verdadero gobierno. Respecto a ella, el sabotaje del impostor representa una agresión encubierta, una perversa inmolación basada en una aparente misoginia encubierta. ¿Detesta Castillo tanto depender de una premier que es mujer que prefiere echar todo por la borda y simplemente dejarse caer sin puntos de referencia?

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Nuestro impostor en estos días no fue solo el zorro al que impusieron una identidad ajena. Ese zorro no fue culpable de la impostura. Y no imitó a nadie en su propia huida.

En la entrega que nos sirve de referencia Jorge puso además en evidencia el mensaje inconsciente que nos envió Castillo y no advertimos cuando intentó no instalarse en Palacio y mantenerse a resguardo en una casa privada en Breña. El impostor actúa siempre en un espacio que puede reconocerse como “privado” no en tanto exclusivo o personal, sino en cuanto carente de recursos. En este caso carente de recursos que le permitan comprender la dimensión pública de su rol. Es quizá ese espacio privado el que reproduce las confusiones que determinan su conducta.

Sin más recursos que su instinto y su necesidad de tener a mano alguna ruta de salida, así sea copiada.